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VIDAS DEDICADAS: ¡Despertar el espíritu de ponerse de pie! | Verónica Correa

VIDAS DEDICADAS: ¡Despertar el espíritu de ponerse de pie! | Verónica Correa

VIDAS DEDICADAS: ¡Despertar el espíritu de ponerse de pie! | Verónica Correa

Humanismo Soka

viernes, 27 de febrero de 2026

viernes, 27 de febrero de 2026

Verónica Correa, de sesenta y nueve años, vive en la ciudad de La Falda, ubicada en el valle de Punilla, provincia de Córdoba. Hace más de cuarenta años, abrazó la fe y recibió el Gohonzon. Entre las coloridas orquídeas que adornan su hogar, y los colibríes que vuelan por su jardín, comparte junto al equipo de Humanismo Soka la historia de su revolución humana.

Verónica Correa, de sesenta y nueve años, vive en la ciudad de La Falda, ubicada en el valle de Punilla, provincia de Córdoba. Hace más de cuarenta años, abrazó la fe y recibió el Gohonzon. Entre las coloridas orquídeas que adornan su hogar, y los colibríes que vuelan por su jardín, comparte junto al equipo de Humanismo Soka la historia de su revolución humana.

Verónica Correa, de sesenta y nueve años, vive en la ciudad de La Falda, ubicada en el valle de Punilla, provincia de Córdoba. Hace más de cuarenta años, abrazó la fe y recibió el Gohonzon. Entre las coloridas orquídeas que adornan su hogar, y los colibríes que vuelan por su jardín, comparte junto al equipo de Humanismo Soka la historia de su revolución humana.


María Verónica Correa nació en la ciudad de Córdoba, pero desde los cinco años se estableció en la ciudad de La falda. Luego del secundario, estudió en la Universidad de Córdoba enfermería y se capacitó en medicina nuclear. A los veintiséis años, conoció a Daniel, con quien se casó.

Desde pequeña tuvo mucho espíritu de búsqueda: siempre estaba leyendo algún libro, buscando respuestas a las preguntas fundamentales de la existencia, como el sentido de la vida y de la felicidad. Finalmente, a sus veintiséis años, conoció la Ley Mística de Nam-myoho-renge-kyo por medio de una amiga que venía de viaje desde Estados Unidos. «Cuando conocí el budismo, sentí que estaba escuchando la más coherente de todas las verdades», expresa Verónica. En ese entonces, vivía junto a otra enfermera, su amiga María Rosa Pinchione, conocida también por «Pinki». Por una profunda crisis económica que se estaba atravesando en Argentina, ambas habían perdido el trabajo. Juntas, entonces, se propusieron concretar el mejor trabajo, por lo que se desafiaron en la repetición del daimoku. A pesar de que parecía imposible, contra todo pronóstico ambas consiguieron que en el mismo día se les diera a elegir tanto el área como el hospital en el que se desarrollarían. A partir de esta contundente prueba real, las dos decidieron perseverar siempre en la fe. Ese mismo fin de semana viajaron a Buenos Aires para recibir el Gohonzon, en julio de 1984.

Por primera vez, Verónica escuchaba hablar sobre la dignidad de la vida. «Yo me asombré. Eran cosas que yo no tenía incorporada como valores. Fue muy fuerte para mí darme cuenta de que no veía la dignidad de la vida en mi propia existencia. Me hizo verme a mí desde otra mirada, desde un lugar de valor tan extraordinario. Entonces, mi vida empezó a girar en otra órbita».

En aquel entonces, en Córdoba no había jóvenes que practicaran el budismo. Verónica se propuso transmitir esta filosofía entonces a sus amigos y familiares, y poco a poco muchos de ellos comenzaron a abrazar la fe. Recorría grandes distancias a través de las sierras de Córdoba y la capital para encontrarse con distintas compañeras de fe. En esa época, transmitió el budismo a su hermana Marta, quien abrazó la fe hasta el día de hoy, y quien también hoy en día es muy querida por los integrantes de la familia Soka de Córdoba.

Daniel y Verónica tuvieron dos hijos, y luego, por trabajo, volvieron a La falda, en donde se instalaron. «Creo que en la época de la crianza de mis hijos fue cuando más necesité fortalecerme. Desde Córdoba, siempre iba a Valle Hermoso, Capilla del Monte, Huerta Grande, al Uritorco… A todos lados para visitar a los miembros de la Soka. Íbamos caminando, porque no había otros medios. Y siempre llevaba a los dos bebés, con una mochilita en la que llevaba todo lo que necesitaban».

El aspecto económico siempre fue una batalla en la vida de Verónica y Daniel. A veces, para Verónica era difícil: «Miraba lo que no tenía. Pero no era capaz de ver profundamente lo que sí tenía. Un día, un antecesor en la fe me preguntó: “¿Sus hijos pueden ver?”. “Sí”, le respondí. “¿Y pueden escuchar?”. “También...” “¿Tienen brazos?”. “Sí…”, contestaba yo. “¡Felicitaciones!”, me decía él. Entonces, caí en la cuenta: mis hijos estaban bien, tenía un hogar para vivir y ofrendar a las actividades del kosen-rufu. Pero yo sufría por lo que no tenía, porque no me alcanzaba para esto o para lo otro. Pero luego de aquellas palabras, aprendí sobre el agradecimiento. Entendí que todos podemos agradecer. Yo no tenía esta capacidad. Pero al dialogar con mis compañeros de fe pude ver toda mi vida y hacer surgir el agradecimiento por el hecho de estar viviendo esta existencia. Recuerdo que, luego de aquella charla, no veía la hora de volver para agradecer a mi esposo, quien no solo trabajaba, sino que siempre cuidaba a mis hijos para que yo pudiera salir al encuentro con las personas y participar de las actividades por el kosen-rufu. A partir de entonces, nunca dejé de ver las cosas que tenía por agradecer».


Trascender las dificultades y construir una felicidad genuina: Verónica y Daniel en su hogar en La falda.


Fueron muchas las adversidades que Verónica tuvo que atravesar. Por ejemplo, la batalla contra la enfermedad. «Gracias al budismo, pude sentir que la adversidad siempre trae el beneficio de brindarnos fortaleza. Pasé la vida trabajando en acompañar a futuras madres, pero tuve que sacarme el útero debido al cáncer. Esto fue realmente muy difícil para mí. Decidí entonces desafiarme en el daimoku, y en cada lugar en el que me internaron o me hicieron estudios, me esforcé en alentar a las personas con las que me encontrara. Trascender la adversidad a través de la fe fue un grandísimo tesoro para mí. Y me abrió a la posibilidad de comprender el sufrimiento de otras personas. Entendí con la vida que todos nuestros sufrimientos son el principal tesoro de nuestra existencia. Haber atravesado la pobreza, la enfermedad… Son cosas que hoy en día agradezco inmensamente, y sé que esto se debe a la fe en el Gohonzon. Si miro lo que fui ayer, hoy estoy orgullosa de lo que soy hoy. Cometí tantos errores… Muchísimos. Pero de cada uno pude aprender. Un año más que pueda seguir luchando por la paz, es un regalo para mí, para poder agradecer a mi maestro y saldar esa deuda de gratitud».

Actualmente, Verónica se desafía dando clases, y siempre comparte los valores del budismo con sus alumnos, con quienes genera profundos lazos de vida a vida. Recuerda con muchísima alegría la visita del maestro Ikeda a la Argentina en el año 1993. «Fue absolutamente increíble, ¡porque era nuestro maestro que venía a vernos! Vamos a estar toda la vida agradecidos por el esfuerzo que hizo de venir desde Japón. Siempre pienso, igualmente, que encontrarse físicamente no es lo importante, porque nuestro maestro vive en nuestro corazón».

Nos comparte que, una vez, el maestro Ikeda le envió una carta en la que la instaba a desarrollar el espíritu de levantarse sola. «Atesoré esta guía toda mi vida. A medida que fui creciendo y atravesando tantas adversidades, entendí la importancia de estas palabras. Tenemos que ponernos de pie, una y otra vez. Porque a veces la vida te hace sentir: “¿y ahora qué hago?”. Y olvidamos que somos capaces de ponernos de pie. Entonces, cada vez que recuerdo esas palabras, me lo repito a mí misma como si el maestro Ikeda estuviera allí, recordándome que yo puedo hacer surgir ese valor de ponerme de pie y triunfar sobre cualquier obstáculo».

Hoy en día, el hogar de Verónica y Daniel es conocido entre los vecinos por su hermoso jardín, lleno de flores provenientes de todo el mundo, y la presencia constante de colibríes, que vuelan entre las flores y las plantas. «En realidad, nosotros jamás habíamos tenido casa. Nunca había tenido un lugar propio, ni mis padres, ni mis abuelos… Pero, junto a Daniel, siempre ofrendamos la casa para las reuniones de diálogo, alquiláramos donde alquiláramos, viviéramos donde viviéramos. Nos mudamos catorce veces. Pero, finalmente, pudimos comprar esta casa, y duplicarla».

Sus dos hijos, Daniel y Sol, recibieron el Gohonzon, y actualmente ambos se desafían en la práctica del daimoku, como también sus nietos.

Enfatiza que la clave para sostener la fe es sostener la práctica día tras día, y asumir un compromiso real con la felicidad de cada persona. «Siento que tengo mucho más de lo que podría haber soñado. Inmensamente más. Me sorprendo de mi propia vida. Ahora, mi decisión es expandir la red de aliento para que más personas puedan ser felices. Si tuviera que decir cuál es mi sueño, diría que es que surjan más y más jóvenes, que aseguren el futuro de la paz de nuestro país».

Verónica se desafía día tras día en transmitir el pensamiento del maestro Ikeda a sus allegados. «Llevar el corazón del maestro a las personas verdaderamente transforma la manera de ver desde otro lugar qué nos propone la vida».

Aunque cada día traiga un obstáculo, Verónica tiene la decisión de superar cada problema a través de la fe y utilizarlo como un trampolín para su crecimiento personal.

«En mi corazón, luego de todos estos años, quedó agradecimiento. Poder sentirme parte de la maravillosa familia Soka… No me imagino la vida sin esta red de humanismo, este sostén que guía mi mirada cuando se va a otro sitio, cuando me confunde el dolor del otro y siento que ya no hay esperanza. Pero yo la tengo, yo puedo crear la esperanza, genuina esperanza. El máximo valor que pude sembrar y cosechar, es el agradecimiento. Es mi mayor tesoro. Aunque muera sin un centavo, siempre podré brindar el ilimitado tesoro del agradecimiento».



© Humanismo Soka - 2024

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