Humanismo Soka
Cuando Hugo era pequeño, Monte Chingolo no era como es hoy, lleno de espaciosas casas de colores. Por aquel entonces, grandes terrenos baldíos rodeaban su hogar. Tal era así que, cuando llovía y tenían que salir, debían usar un calzado de repuesto, por todo el barro que entraba en los zapatos.
Sus padres solían pelear intensamente, llegando a una gran escala de violencia. Cuando todavía era un niño, su madre se fue, por lo que Hugo quedó al cuidado de su papá, y perdió contacto con ella. «Mi juventud fue muy cuesta arriba», expresa. «Mi padre era alcohólico… Así que era violencia tras violencia. Yo un poco heredé esa tendencia con mis hijos, los tres más grandes. Y esto solo lo logré corregir cuando empecé a practicar».
Trabajaba en la red de subtes de la ciudad de Buenos Aires. Allí, pasó por diversos empleos, primero encargándose de la limpieza, luego, durante más de diez años se desenvolvió como conductor de subte, y más tarde fue maniobrista, por otros diez años más. Después, también fue supervisor de servicio de los subtes. Sin embargo, en sus primeros tiempos era conocido entre sus compañeros por su fuerte temperamento.
Por otro lado, Hugo conoció a Nora en la secundaria, y comenzaron a salir desde muy jóvenes. Hace cuarenta años, se casaron. Pero, en cierto momento, su relación se desgastó a tal punto que dio paso a una violencia cotidiana. Entonces, cuando él tenía unos 30 años, conoció el budismo. Una vecina hacía mucho tiempo le hablaba de los valores que abrazan los miembros de la Soka Gakkai, invitándolo a participar de una reunión de diálogo de su zona. Finalmente, Hugo cedió a la insistencia de la señora y asistió a una reunión. Incluso se sentó cerca de la puerta, dispuesto a levantarse e irse si algo no le gustaba. Sin embargo, cuando comenzó a escuchar las experiencias de fe de los presentes, las palabras de aliento y la alegría que aquellas personas comunes transmitían tocaron una fibra en su joven corazón. «Lo que me conmovió fue la postura de las personas. Su humildad, su calidez, cómo me abrazaron». A partir de ese momento, Hugo comenzó a entonar Nam-myoho-renge-kyo, y en 1987, ingresó a la Soka Gakkai.
Su padre, que vivía en una casa pegada a la suya, se opuso con fiereza a la práctica. Pero Hugo comenzaba a sentirse mejor, a sentir la esperanza de que las cosas podían cambiar, de que él mismo podría transformar su vida. A su esposa tampoco le hizo gracia verlo abrazar una fe desconocida. Durante un tiempo, discutían intensamente debido a ello. Sin embargo, las vecinas organizaban reuniones para que ella tuviera la oportunidad de conocer más en profundidad la filosofía budista, y, un día, ella participó de una. Cuando regresaban en el tren a su hogar, para sorpresa de Hugo, le dijo «hoy vamos a entonar daimoku juntos».
A partir de ese momento, las cosas comenzaron a cambiar. La violencia que habían naturalizado daba paso a la armonía, de una manera tan radical que incluso sus hijos se sorprendieron y comenzaron a participar de las actividades de Gakkai. Se empezaron a desafiar juntos, hasta que un día, mientras oraban, Nora se dio vuelta y le preguntó: «¿En qué momento empezamos a coincidir, nosotros?». Hugo comenta: «Ya no se acordaba de las peleas, eso ya era algo histórico… ¡Qué milagro!».

Entre sus cuidados árboles de palta, Santa Rita y níspero. Hugo y Nora en su hogar en Monte Chingolo.
Durante muchos años, Hugo se desafió en el grupo Transporte, cuyos integrantes se dedican a proteger y garantizar el traslado de los integrantes de la Soka Gakkai. «Aprendí lo importante que es el trabajo en la sombra, dedicarse a la protección de los compañeros de fe, de los jóvenes, de las personas. Te lleva a realizar mucho daimoku, y a crecer como ser humano. Gracias a este entrenamiento, mejoré mi postura ante la vida. Y esto repercutió en mi conducta en mi propio trabajo también». A raíz de esta transformación interna, sus compañeros del subte se sorprendieron por los profundos cambios generados en Hugo a partir de su práctica, y muchos decidieron abrazar la fe y recibir el Gohonzon.
Actualmente, la gran familia Espínola se compone por cinco hijos: Sol, Hugo (hijo), Bruno, Aylen y Nora (hija). Todos se esfuerzan con dedicación en su práctica budista y en las actividades de la Soka Gakkai. La mayor, Sol, y también Aylen, se desenvuelven como docentes, mientras que Nora (h) es trabajadora social. Por su parte, Hugo (h) y Bruno son reconocidos por sus dotes como músicos y directores de orquesta. Cuando ambos eran pequeños, comenzaron a integrar la Banda Juvenil Cosmopolita Ongakutai, que es una banda de marcha de pífanos y percusión fundada por el maestro Ikeda, en la que los jóvenes se desafían en alentar a las personas a través de presentaciones musicales. «Su pasión por la música la descubrieron en Gakkai. Hugo (h) cuando era chico decía que quería ser colectivero… Pero ellos, a través de la música, concretaron su lugar en el mundo», afirma su padre.
Además, cada uno de los nietos de Hugo y Nora realizan la práctica del budismo con alegría. Sus nietas mayores, Anahí, Mariel y Guillermina, integran el grupo Kotekitai (baile y banda), y también se esfuerzan constantemente en las distintas actividades de la Soka Gakkai emprendidas en la región Sur. También Milton, Dante y Juana se desafían en la Banda Juvenil; mientras que Camilo se desenvuelve en el Equipo Soka de fútbol.
Guillermina, de veintidós años, expresa: «Hacer mi revolución humana me permitió transformar aspectos de mi vida que me generaban sufrimiento, como la timidez, la inseguridad y no confiar en mí misma. La práctica me permitió decidirme por estudiar una carrera que se basa en el contacto humano y el diálogo para la transformación social (trabajo social), y hoy en día trabajo de lo que estudio, dando talleres a adultos y adolescentes y acompañándolos en situaciones de vulneración de derechos. Pude experimentar el coraje que uno extrae a medida que enfrenta todas las cuestiones de la vida cotidiana basándose en la fe. Así, entendí que la transformación de las circunstancias siempre depende de la determinación de uno». Sobre su abuelo, agrega que «es una persona muy alegre que siempre busca ayudar a los demás con lo que necesiten, abrazándolos con su amor compasivo». A su vez, su nieta Anahí, de veinticuatro años, también dice: «Mi abuelo es la persona más inteligente, paciente, y divertida. Nos enseña todo el tiempo, impulsándonos a mejorar constantemente, y siempre nos ofrece un aliento para cada cosa. A pesar de todo su pasado, él es la prueba real del principio de “transformar el veneno en medicina”».

La gran familia Espínola: Hugo y Nora, junto a sus hijos y nietos.
A medida que fue conociendo la historia del maestro Ikeda, su incansable lucha por la paz generó una gran inspiración en el espíritu de Hugo. Su decisión es perseverar y triunfar en la fe hasta el último momento, siempre desafiándose un poco más. «Yo no puedo defraudar a mi maestro. Mi decisión es seguir sosteniendo la práctica hasta el final. Y alentar a los demás. Sinceramente, yo no me imagino la vida sin esta práctica, sin esta filosofía». Actualmente, en la casa de los Espínola, ampliada para que puedan entrar más personas, se realizan alegres reuniones de diálogo del grupo Decisión de Monte Chingolo. Hugo dice: «Mi sueño es seguir alentando a las personas a que pueden transformar su vida y ser felices. Porque uno puede cambiar su vida. Es así. Yo lo comprobé».









