
Humanismo Soka
La ambientalista keniata Wangari Maathai (1940-2011) fue una querida amiga de la SGI. Esta mujer se levantó por sí sola a proteger el ambiente natural plantando incontables árboles.
Plantar árboles es plantar vida. Cuando ustedes plantan un árbol en el suelo yermo, están creando un ambiente que cobijará y ayudará a crecer a un sinfín de seres vivos, animales y personas.
Con el tiempo, muchos siguieron el ejemplo de la doctora Maathai y plantaron árboles en países africanos donde había avanzado el desierto. Más de cien mil personas plantaron 40 millones de árboles para proteger el medio ambiente.
En 2005, la doctora Maathai vino a conocer el edificio del Diario Seikyo en Shinanomachi, Tokio, y allí dialogamos sobre el futuro de nuestro planeta. Recuerdo claramente el mensaje que impartió con su sonrisa luminosa: «El futuro no está allá lejos; es hoy. Si hay algo que quieren lograr el día de mañana, necesitan actuar ya».
Esta gran activista dijo que se sentía muy feliz de haber conocido a numerosos miembros de la SGI en sus viajes por el mundo, con quienes mantuvo hermosos encuentros.
También ofreció una conferencia a los estudiantes de la Universidad Soka. Uno de los edificios que hay en el campus de la Universidad Soka de los Estados Unidos, en el condado de Orange, California, lleva su nombre: Edificio Wangari Maathai.
¿Qué les parece si aprendemos juntos sobre la vida y la lucha incansable de esta gran mujer?
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La doctora Maathai nació el 1.o de abril de 1940 en Kenia. La aldea donde pasó su infancia estaba situada en una altiplanicie desde la cual se veía el monte Kenia.
En los bosques cercanos, vivían numerosas especies de aves y animales salvajes. Había incluso elefantes, leopardos y monos, y una infinidad de higueras impresionantes, cuyas ramas se extendían formando copas de 20 metros de diámetro. Su madre le enseñó que las personas vivían en armonía con los animales y las plantas, y que estas nutrían la vida de todas las criaturas.
La doctora Maathai fue la tercera de seis hermanos. Además de asistir a la escuela primaria, ayudaba a su mamá con la limpieza de la casa, el lavado de la ropa y el cuidado de sus hermanitas menores. Siempre fue una alumna estudiosa. Cuando terminó la escuela secundaria, obtuvo una beca para estudiar en los Estados Unidos, donde se licenció y, luego, cursó un máster en Biología.
Cinco años después regresó a Kenia y, para su sorpresa, vio que su bosque tan querido había sido talado y que, en su lugar, habían sembrado campos agrícolas destinados a la exportación. Fue como si todos hubieran olvidado que los árboles nutrían la tierra, protegían el agua potable y sostenían las fuentes de alimento.
Sin bosques, durante la estación lluviosa las precipitaciones lavaban la capa fértil del suelo, ensuciaban las aguas del río con barro y no dejaban crecer la hierba.
«Si esto continúa, nuestro país acabará convirtiéndose en un desierto», pensaba con preocupación la doctora Maathai, mientras cursaba su doctorado (en anatomía veterinaria en la Universidad de Nairobi), en Kenia. Pensó qué podía hacer para modificar esa situación, y decidió plantar árboles.
Se puso en marcha de inmediato y organizó a otras mujeres para que la acompañaran en esta tarea.
La consigna de la doctora Maathai fue Harambee, que, en suajili significa «Empujemos todos juntos».
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Pero algunos sectores se opusieron a su movimiento. Había personas que usaban su poder para hacer dinero, y sentían que la doctora Maathai y sus seguidores eran un obstáculo que se interponía en su camino.
En una oportunidad, alguien arrancó y tiró los retoños que la doctora Maathai y sus amigos habían plantado.
Pero ni siquiera entonces esta gran activista se rindió. No dejó de plantar árboles, a pesar de la oposición que encontraba, porque tenía absoluta convicción en que sus actos eran correctos.

A menudo contaba la leyenda del picaflor.
Una vez, estalló un incendio en la jungla, y todos los animales huyeron asustados: elefantes, tigres, osos y sapos. Pero el picaflor se quedó. Fue volando hasta un estanque lejano, cargó una gota de agua en su piquito y la dejó caer sobre el bosque en llamas. Y eso siguió haciendo una y otra, y otra vez.
«Es tan poca el agua que traes, que no servirá de nada», le dijeron los demás animales.
Pero el picaflor respondió: «Estoy haciendo todo lo que puedo por ayudar».
De la misma manera, la doctora Maathai siguió haciendo todo lo que podía. Su perseverancia, con el tiempo, conmovió el corazón del pueblo, y cada vez se sumaron más personas a su movimiento de plantación forestal. Su organización convenció a las autoridades de suspender la tala de árboles y de prevenir la destrucción de los bosques.
En todo el mundo, surgieron voces de reconocimiento a su iniciativa, que adoptó el nombre «Movimiento Cinturón Verde». Cuando las personas valoran la vida, se expande la paz.
En 2004, la doctora Maathai ganó el Premio Nobel de la Paz.
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Tanto el señor Makiguchi como el maestro Toda apoyaron a las personas que sufrían e hicieron lo correcto: guiar a las personas a la felicidad. Pero fueron arrestados y encarcelados por las autoridades militares del Japón, que movilizaban la gente en dirección a la guerra.
Sin embargo, ellos, con el espíritu de un león, se negaron a retroceder un solo paso.
Los que no se dejan vencer por la gente mala son personas valientes y justas.
Yo también, junto a nuestros miembros pioneros —entre ellos, muchos de sus padres y abuelos— siempre me mantuve firme en lo correcto, por mucho que algunos me criticaran.
Espero que ustedes hereden este mismo espíritu valiente.
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La doctora Maathai declaró que cada individuo posee la fuerza necesaria para mejorar el mundo.
Todos ustedes tienen el potencial de cambiar la sociedad. Pueden demostrarlo desafiándose en sus estudios, en el deporte, la lectura, la práctica del gongyo y tantas otras cosas más.
Un primer paso magnífico hacia la paz es saludar a sus padres y amigos cada mañana con una sonrisa brillante. Su rostro luminoso llenará de alegría a sus padres y a todos los que los rodean. Y, tal vez, eso disminuya las peleas y discusiones. Todos estamos interconectados en el nivel más profundo de la vida. Por eso las acciones de una persona pueden cambiar el mundo.
Cada día es una nueva contienda. Descubran qué pueden hacer ustedes, y avancen en esa dirección. Y, como la doctora Maathai, esfuércense al máximo de su capacidad.
Hoy mismo, planten un árbol de conocimientos, un árbol de esperanza, en la tierra de su corazón, ¡en bien del mundo y en bien del mañana!
(Traducción del artículo publicado en la edición del 1.o de noviembre de 2015 del Boys and Girls Hope News [La esperanza de los niños], publicación mensual de la Soka Gakkai destinada al Departamento de Estudiantes de la Primaria).
Imagen portada: Paris Global Forum








