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¡Cultivar la juventud! 6. Aristóteles y la esperanza

¡Cultivar la juventud! 6. Aristóteles y la esperanza

¡Cultivar la juventud! 6. Aristóteles y la esperanza

Humanismo Soka

martes, 24 de febrero de 2026

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En tiempos atravesados por la incertidumbre, la esperanza suele confundirse con expectativa. A veces esperamos que algo mejore, que una circunstancia cambie, que el futuro resulte más favorable que el presente. Sin embargo, en estos términos, la esperanza parece siempre fuera de nuestro alcance. Entonces ¿cómo podemos vivir con esperanza? ¿Qué tienen para decir Aristóteles y el budismo de Nichiren al respecto?

En tiempos atravesados por la incertidumbre, la esperanza suele confundirse con expectativa. A veces esperamos que algo mejore, que una circunstancia cambie, que el futuro resulte más favorable que el presente. Sin embargo, en estos términos, la esperanza parece siempre fuera de nuestro alcance. Entonces ¿cómo podemos vivir con esperanza? ¿Qué tienen para decir Aristóteles y el budismo de Nichiren al respecto?

En tiempos atravesados por la incertidumbre, la esperanza suele confundirse con expectativa. A veces esperamos que algo mejore, que una circunstancia cambie, que el futuro resulte más favorable que el presente. Sin embargo, en estos términos, la esperanza parece siempre fuera de nuestro alcance. Entonces ¿cómo podemos vivir con esperanza? ¿Qué tienen para decir Aristóteles y el budismo de Nichiren al respecto?

El propósito de la esperanza

Aristóteles fue un filósofo griego del siglo IV a. C., discípulo de Platón y maestro de Alejandro Magno. Fundó el Liceo en Atenas y desarrolló una obra inmensa que abarca lógica, ética, política, metafísica y ciencias naturales, sentando bases duraderas del pensamiento occidental.

Sobre la esperanza, no la trató como virtud central, pero la entendía como una expectativa orientada al futuro, vinculada al deseo de un bien posible. Para él, la «vida buena» no dependía de ilusiones sino de cultivar la virtud y actuar racionalmente en el presente; la esperanza debía apoyarse en acciones concretas que condujeran a la realización del bien.

La reflexión aristotélica permite ir más allá de la superficie. A Aristóteles se le atribuye la expresión: «La esperanza es el sueño de un hombre despierto». En la tradición que recoge su pensamiento, la esperanza no se identifica con el mero deseo de que algo ocurra, sino con una orientación racional hacia un fin valioso. No se trata de imaginar sin fundamento, sino de dirigir la propia vida hacia aquello que se considera digno de ser alcanzado.

De esta postura puede derivarse una distinción entre una esperanza auténtica y la simple expectativa. La primera se vincula con la virtud y el carácter; la segunda, con la ilusión pasiva. La esperanza verdadera requiere formación moral, disciplina interior y perseverancia. En ese sentido, no es independiente del modo en que vivimos.

Aristóteles también observa que los jóvenes tienden naturalmente a la esperanza porque aún no han sido moldeados por el desencanto. La juventud, en su potencia vital, se orienta hacia el porvenir con confianza. Pero como parece advertir el filósofo griego, esa energía necesita dirección, un propósito, para convertirse en una fuerza creadora.


Brindar esperanza a los demás

Esta comprensión encuentra resonancia en la visión humanista del budismo de Nichiren. Desde esta perspectiva, la esperanza no es una simple espera, sino una decisión que no depende de que las circunstancias se tornen favorables. La esperanza surge de la convicción de que la vida posee un valor absoluto y de que cada persona puede transformar su realidad. En otras palabras, la esperanza es el resultado de fortalecer la decisión y de desarrollar consciencia de la propia misión para enfrentar cualquier desafío. Así, la decisión es el punto de partida para vivir con esperanza. Cuando la realidad es adversa —y muchas veces lo es—, la convicción interior nos permite no quedar paralizados por el sufrimiento. Podríamos afirmar que en ese acto de volver a levantarse reside el origen de la esperanza.

En un discurso dirigido a jóvenes mujeres, el maestro Ikeda afirmó: «La esperanza y la alegría no son cosas que uno deba esperar desde afuera o de otros. En cambio, generen ustedes mismas esperanza y alegría, y bríndenlas a los demás. Las jóvenes que eligen vivir de esta manera son realmente fuertes» [1]. La fortaleza aquí mencionada no es autosuficiencia, sino la capacidad de convertirse en fuente de aliento para otros.


Vivir con esperanza para construir la paz

Cuando una persona decide vivir de esta manera, su comportamiento cambia. En la novela La nueva revolución humana, se relata una escena sencilla: al finalizar un largo encuentro, Shin’ichi Yamamoto —pseudónimo de Daisaku Ikeda— pidió a las participantes que se pusieran de pie. Más allá del acuerdo con la propuesta presentada, el gesto tenía una intención concreta: permitirles estirar las piernas después de muchas horas sentadas. Cuando reflexiona sobre el sentido de esta actitud afirma: «Las palabras solas no transmiten una filosofía ni nuestro afecto por los demás. Es necesario demostrarlo a través de acciones oportunas y consideradas. Nuestra fe y nuestra filosofía brillan en nuestro comportamiento» [2]. Este episodio ilustra una enseñanza fundamental: la esperanza se manifiesta en el comportamiento cotidiano. No se limita a un discurso o solo a una actitud interior; se traduce en consideración, responsabilidad y coherencia. Cuando se afirma que la propia dicha no puede construirse sobre el infortunio de los demás, se establece un criterio ético claro: vivir con esperanza implica actuar de modo tal que nuestra felicidad contribuya también al bienestar ajeno.

De este modo, la esperanza que cada uno decide construir en su corazón es condición para la paz verdadera, que no comienza en tratados ni en declaraciones abstractas, sino en el modo de vida de cada persona. Los esfuerzos cotidianos, aparentemente pequeños, tienen una dimensión más amplia cuando se orientan al bien común. La convicción de que nuestras acciones pueden contribuir al camino de la paz para la humanidad es en sí la esperanza más auténtica.

Aristóteles enseñó que el carácter se forma por la repetición de actos. El budismo de Nichiren Daishonin enseña que, a través de la práctica diaria de Nam-myoho-renge-kyo, es posible transformar la propia vida y, con ello, influir positivamente en el entorno. En ambos casos, la esperanza verdadera es inseparable de la acción concreta orientada al bien. No se trata de esperar resultados favorables, sino de actuar de manera constante hacia la propia felicidad y la felicidad de los demás. 

El maestro Ikeda una vez escribió un poema sobre la esperanza, en el que decía: 

«La esperanza es

el tesoro de la vida. 


Los que siempre

esgrimen la esperanza

son seres felices.


Podrá uno tener 

toda la riqueza, el poder y la fama

que el mundo pueda darle, 

pero si pierde la esperanza,

acabará tropezando en la vida. 


Dijo Cicerón, 

el gran orador de la antigua Roma: 

“Nuestro capital 

más que el dinero

es la esperanza;

quien la abandone

acumulará todo lo otro

para luego extraviarlo”. [3] 


Los arrogantes 

que se burlan de la esperanza ajena

invariablemente son vencidos

y al final quedan solos 

a merced de su remordimiento. 


¡Por ninguna razón

arruinemos nuestra vida

donde brilla tan noble promesa!


La esperanza es una gema 

que eleva e inspira.

Mientras la conservemos, 

no habrá para nosotros

callejón sin salida.


Florecen las sonrisas

y aguarda siempre la victoria

allí donde vive la esperanza». [4]



CITAS

[1] IKEDA, Daisaku: Discurso pronunciado durante un encuentro del Departamento Juvenil Femenina, Centro Juvenil Soka de la Mujer, Shinanomachi, Tokio, 4 de junio de 2009.

[2] IKEDA, Daisaku: La nueva revolución humana, Buenos Aires: Azul índigo, 2019, vol. 17, pág. 91.

[3]  Cicerón: Cicero: Letters to Quintus and Brutus; Letter Fragments; Letters to Octavian; Invectives; Handbook of Electioneering (Cicerón: Cartas a Quinto y a Bruto; Fragmentos epistolares; Cartas a Octaviano; Invectivas; Manual electoral), edit. y trad. por D. R. Shackleton Bailey, Cambridge, Massachusetts: Loeb Classical Library, Editorial de la Universidad de Harvard, 2002, pág. 189.  

[4] IKEDA, Daisaku: poema La esperanza es el tesoro de la vida, publicado el 4 de enero de 2012 en el Diario Seikyo, periódico de la Soka Gakkai.



© Humanismo Soka - 2024

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