
Humanismo Soka
De aquí, de allá, y de todas partes
Siempre que hablamos de Gardel, pensamos en sus orígenes. Entre una partida de nacimiento francesa, su ciudadanía argentina y hermanos uruguayos reclamando su procedencia, lo cierto es que el cantor de tango nació un 11 de diciembre de 1890, en la ciudad de Toulouse, Francia y llegó a la Argentina cuando tenía apenas dos años de edad, en los brazos de su madre Berthe Gardes.
Su infancia fue bastante difícil: su madre, en la pobreza extrema, debió dejarlo al cuidado de una familia acomodada de finales del siglo XIX cuando el niño tenía apenas cinco años, y pudo volver a vivir con él a sus nueve años, cuando obtuvo mayor estabilidad económica.
De joven, Carlitos era bastante travieso, inteligente y observador. Tenía vivacidad y un espíritu inquieto. Se adaptó al ambiente porteño con total naturalidad y este espíritu libre fue lo que le permitió enamorarse de la farándula porteña y de la calle Corrientes.
Ya en la mayoría de edad, le encantaba conocer gente nueva, caminar por los barrios de la ciudad portuaria, mientras iba de boliche en boliche escuchando algún cantor interpretar melodías al ritmo de una guitarra, y si se le presentaba la oportunidad, él también cantaba milongas, cifras y estilos al compás de alguna vihuela.
En esa época, cantaba en todas las fiestas semanales, y se empezó a correr la voz alabando el talento del joven. Tal es así que el compositor José Betinotti, último gran payador de principios de siglo XX, al escucharlo pronunció la famosa frase que lo inmortalizó: «¡Canta como un zorzal!».

Los zorzales son conocidos por su potente y armónico canto, que suele ser uno de los primeros sonidos del amanecer, especialmente al llegar la primavera. Popularmente, se cree que con su canto predice buena suerte y buenas noticias.
Sus primeras presentaciones y su ascenso como figura del tango
Las primeras presentaciones profesionales de Carlos Gardel fueron en formato dúo junto a otro emblemático cantor del Uruguay, José Razzano. El apodado «Oriental» y «el Morocho» (como se lo conocía a Gardel) grabaron varias canciones juntos, y entre los años que estuvieron activos firmaron contratos discográficos relevantes y realizaron giras por todo el mundo, alcanzando un éxito sin precedentes para la época.
La canción Percanta que me amuraste, creada en 1917 por el poeta Pascual Contursi [con melodía de Samuel Castriota], fue la primera obra considerada tango, y a la que Carlitos popularizó bajo el nombre Mi noche triste.
Durante este período, Razzano y Gardel, ambos en su treintena, trabajaron sin descanso, entonaban canciones criollas y poco a poco, fortalecieron el tango con una identidad nueva.
A partir de aquí, el estilo se consolida en la garganta de Carlitos, quien le va a dar vida y emoción de una manera única, conmoviendo a todo aquel que lo escuchaba.
Finalmente, en el año 1925, el dúo se separa por motivos de salud de Razzano. Esta nueva etapa permitió a Gardel que su carrera diera un salto exponencial camino al reconocimiento mundial.
El maestro Daisaku Ikeda fue un impulsor del tango en Japón, a través de la Asociación de Conciertos Min-On, fundada por él en el año 1963. Esta organización promueve año tras año el intercambio cultural, y entre notables artistas de todo el mundo, con especial énfasis en la difusión del tango como melodía del pueblo.
En un ensayo dedicado a recordar a su entrañable amigo Osvaldo Pugliese, el maestro Ikeda describe esta «canción ciudadana» de la siguiente manera:
«El tango… su poesía, su sentido trágico, su ansia de libertad, su plegaria de esperanza, la dicha en el canto pesaroso... El tango expresa la risa de una joven doncella, el murmurar de los hombres, la sed del amor y su tórrido consuelo. Es salvaje, exquisito, cómico, estilizado, iracundo, hermoso y feroz. Su ritmo late con una melancolía inexpresable, con el ansia condolida de algo que las palabras no pueden tocar». [1]

Nacida en 1865 en una familia humilde de Toulouse, Francia, Marie Berthe Gardès se enamoró de un hombre casado y a sus 25 años tuvo a su único hijo: Charles Romuald Gardès. Por este motivo, se convirtió en «la vergüenza de la familia», motivo que la llevó a partir rumbo a Argentina, sin imaginarse que años más tarde su hijo pasaría a ser su más grande orgullo.
Aprendiendo a cantar, cada día mejor
Carlos Gardel fue la voz indiscutida de toda una generación, que creó un estilo de síntesis entre músicas diversas y pintorescas de la Argentina del 1900. En esta época, convivían los cantantes criollos, los payadores, las voces operísticas de cantantes que se instalan en el país y los artistas de música afro americana, de modo que la riqueza cultural del país continuaba en ebullición.
Y en este contexto, el morocho del abasto combinó todas esas músicas y creó su propio estilo virtuoso. Pero no lo hizo solo, el maestro que lo acompañó durante toda su carrera fue el cantante Eduardo Bonessi.
Gardel y Razzano buscaban un maestro de canto que los ayudara a mejorar su técnica, y por medio de otro artista de la época, dieron con el maestro Bonessi, quien los guió en la emisión del sonido vocal y en desarrollar las aptitudes de ambos artistas.
En el año 1968, Bonessi brindó un reportaje en el que compartió su primera impresión del cantor de tangos cuando comenzó sus estudios:
«No desafinaba y tenía muchas virtudes, aunque no las había desarrollado. Cuando empezó conmigo, y eso que ya era famoso, cantaba con mucho amaneramiento, gusto infantil y voz chica. Pero era inteligente y dócil, de modo que no le costó mucho sacar su verdadera voz; la de un barítono brillante poco común, sobre todo en calidad de timbre y temperamento. Era, realmente, un cantor nacido para lo popular. Desde luego, no hubiera podido intentar otro género. Además, se cuidaba mucho: apenas fumaba, tomaba poco y se sometía a la gimnasia física y respiratoria con una voluntad envidiable». [2]
Gardel continuó teniendo cerca a su maestro toda la vida, lo llevaba durante las giras por Europa y constantemente le pedía opinión para mejorar sus presentaciones. En la novela La nueva revolución humana, Daisaku Ikeda refiere al profundo vínculo que une al discípulo con el mentor: «Mediante las acciones de los discípulos se reconoce la verdadera calidad de quien los guió, y se concretan los sueños y visiones del maestro». [3]

Gardel protagonizó alrededor de once películas, principalmente musicales, entre 1917 y 1935.
La última gira
Desde 1927 hasta sus últimos días, Gardel realizó una carrera prolífica y meteórica. Ese año debutó en Paris con un sensacional éxito y comenzó una serie de grabaciones que inmortalizarán su voz. Luego, las famosas películas que protagonizó; su encuentro con Alfredo Lepera para poner voz a los más bellos tangos de la historia del género; su gira por Nueva York; y aquel fatídico veinticinco de junio de 1935, cuando ocurrió el trágico accidente que terminaría con su historia.
Armando Delfino, el apoderado y administrador de los bienes personales de Gardel desde 1993, y quien se encargó de repatriar los restos del cantor desde Medellín a Buenos Aires, escribió: «Y puesto que en el signo de su nacimiento estaba el canto y en la ley de su muerte el fuego, renació de sus propias cenizas como el ave fabulosa…»
El género tango se desarrolló y diversificó tanto, que luego vinieron artistas enormes, como Ástor Piazzolla, Aníbal Troilo, Mariano Mores y Osvaldo Pugliese, junto a voces icónicas como la de Roberto Goyeneche, Julio Sosa y Nelly Omar.
Y de todos los artistas que el tango nos brinda, dos de ellos, Mores y Pugliese, establecieron un vínculo de profunda amistad con el maestro Ikeda. A pesar de su histórica rivalidad, para obsequiar a los jóvenes y a su entrañable amigo el maestro Ikeda sus presentaciones, compartieron escenario por primera y única vez, en el 11.° Festival Cultural de la SGI de los Jóvenes por la Paz del Mundo, que se realizó en febrero de 1993 en el Teatro Coliseo, el cual contó con la presencia del maestro Ikeda.

Los maestros del tango Mores y Pugliese comparten escenario en el Teatro Coliseo, el 18 de febrero de 1993.
Carlos Gardel siempre supo cantar para el pueblo, estar conectado con la gente y unir a las personas a través de su voz y de su estilo: despertó en el pueblo el valor de dar un paso adelante para construir la más bella de las melodías populares. Es por esto que su figura se engrandece día a día. Este mismo espíritu compartieron Mores y Pugliese, y en su encuentro con el maestro Ikeda, Osvaldo Pugliese expresó: «Quiero trabajar con usted, presidente Ikeda, por la paz. Para que no repitamos las tragedias del pasado. Lucharé, hasta el final, hasta el momento de mi muerte. Lucharé por la victoria». [4]
Estos grandes artistas del pueblo vivieron fieles a su compromiso de llevar esta melodía ciudadana hasta los lugares más recónditos del mundo. Con su ejemplo, podemos inspirarnos para también nosotros esforzarnos por el bien de nuestros amigos y expandir el respeto a la dignidad de la vida con nuestros congéneres.
CITAS
[1] IKEDA, Daisaku: RECUERDO DE MIS ENCUENTROS CON DESTACADAS PERSONALIDADES DEL MUNDO: Osvaldo Pugliese, el venerado maestro del tango argentino, publicado el 12 de febrero de 1995 en el Diario Seikyo, periódico de la Soka Gakkai.
[2] BONESSI, Eduardo: Yo le enseñé a cantar a Gardel, véase:
https://www.cronica.com.ar/diarioshow/farandula/Yo-le-ensene-a-cantar-a-Gardel-20200620-0009.html
[3] IKEDA, Daisaku: La nueva revolución humana, Buenos Aires: Azul índigo, 2018, vol. 18, pág. 133.
[4] Op. cit. 1.








