
Humanismo Soka
En un país donde el tango forma parte de la identidad cultural, acercarse a sus letras es también acercarse a una manera de mirar el mundo. Entre sus grandes creadores, Homero Expósito ocupa un lugar singular: no fue solo un letrista, sino un poeta que supo transformar las emociones del pueblo en palabras que aún hoy resuenan. Sus versos, cargados de imágenes, nostalgias y preguntas, siguen dialogando con nuestra experiencia cotidiana.
Un poeta en el corazón del tango
Homero Expósito nació el 5 de noviembre de 1918 en la provincia de Buenos Aires y creció en un entorno donde la cultura, la lectura y el arte eran parte de la vida cotidiana. Su formación no fue casual: desarrolló una sólida base filosófica y literaria, alimentada tanto por los clásicos como por las corrientes modernas. Esa riqueza se refleja en su obra.
El estudioso Luis Adolfo Sierra lo define con precisión al señalar que no se trata de un simple letrista, sino de «el poeta, cabalmente poeta, que escribe bellos poemas para ser leídos y también para ser cantados» [1]. Esta distinción es clave: en Expósito, la letra de tango deja de ser solo acompañamiento musical para convertirse en verdadera literatura.
Sus textos además de contar historias, construyen imágenes, crean atmósferas, abren preguntas. En canciones como Yuyo verde o Naranjo en flor, el barrio, el amor y el paso del tiempo se vuelven símbolos de algo más profundo: la experiencia humana compartida. En muchas de sus letras aparece, por ejemplo, una pregunta que atraviesa la tradición poética desde la Antigüedad: ¿dónde están? Se trata de un tópico literario que expresa la nostalgia, es una pregunta por lo perdido que ya no vuelve, y es una pregunta sin respuesta. En el tango Yuyo verde, por ejemplo, dice:
«¿Dónde estás? ¿Dónde estás?
¿Adónde te has ido?
¿Dónde están las plumas de mi nido,
la emoción de haber vivido
y aquel cariño?
Un farol... un portón...
—igual que un tango—
y este llanto mío entre mis manos
y ese cielo de verano
que partió…».
El poeta no busca solamente a una persona, sino también a un tiempo, a una emoción, a una forma de vida. En esa insistencia, el tango se vuelve memoria viva: no responde, pero hace presente la ausencia.
El tango como memoria y sentimiento colectivo
El tango, como forma artística, ha sido una de las expresiones más potentes de la identidad argentina. En sus letras se condensan historias de inmigración, de lucha, de amor y de pérdida. No es casual que haya sido definido como una forma de sentir colectiva.
En este sentido, la obra de Expósito se inscribe en una tradición que da voz al pueblo. Como señala el investigador Marta Savigliano Azzi, las letras de tango construyen una memoria emocional: «La cultura del tango, a través de sus letras y música ha organizado la forma de sentir de inmigrantes y argentinos». [2]. El maestro Daisaku Ikeda también expresó esta dimensión profunda del tango al afirmar: «El tango… su poesía, su sentido trágico, su ansia de libertad, su plegaria de esperanza… late con una melancolía inexpresable». [3] En esa tensión entre tristeza y belleza, entre pérdida y deseo, se encuentra el corazón del tango.
En las letras de Expósito, esa sensibilidad alcanza una forma particular: sus palabras no solo describen, sino que hacen sentir. Un farol, un portón, una calle cualquiera se convierten en escenarios cargados de emoción, donde cada oyente puede reconocerse.
Vivir, cambiar, seguir: la poesía como impulso vital
Pero si algo distingue la escritura de Homero Expósito es su capacidad para transformar la experiencia en impulso vital. Sus letras no se quedan en la nostalgia: invitan a seguir adelante.
En «Chau, no va más», escribe: «Vivir es cambiar, / en cualquier foto vieja lo verás». Y más adelante, impulsa con fuerza: «¡Dale, la vida está en flor! ¡Tenés que seguir!». Aquí, el tango deja de ser una queja para convertirse en una afirmación de la vida.
Esa mirada dialoga con una idea central: incluso en medio de las dificultades, siempre existe la posibilidad de recomenzar. Como plantea el maestro Ikeda:
«Cambiar nuestra mirada de las cosas —es decir, cambiar la mentalidad o actitud— nos permite ver todos los problemas y dificultades como el combustible de nuestra revolución humana. Quien se ve a sí mismo como protagonista de una excitante aventura de transformación interior puede adornar su vida de felicidad y de victoria.» [4].
En otro tango muy conocido de Homero, llamado Qué me van a hablar de amor, dice:
«Yo he vivido dando tumbos
rodando por el mundo
y haciéndome el destino...
Y en los charcos del camino,
la experiencia me ha ayudado
por baquiano y porque ya
comprendo que en la vida
se cuidan los zapatos
andando de rodillas.
Por eso,
me están sobrando los consejos,
que en las cosas del amor
aunque tenga que aprender
nadie sabe más que yo.»
La sabiduría del poeta del pueblo nace de la experiencia. En muchas de sus letras, el conocimiento no proviene de certezas abstractas, sino del haber vivido, de haber caído y vuelto a intentar. En este tango, la voz no niega el pasado, sino que lo asume como materia de transformación: cada error, cada pérdida, deja una marca que enseña. Vivir, entonces, no es evitar el sufrimiento, sino atravesarlo y convertirlo en una forma de saber. En ese sentido, la poesía de Expósito se vuelve una pedagogía de la vida: nos recuerda que incluso el dolor puede transformarse en un nuevo punto de partida.
Así, la poesía de Expósito expresa lo que duele, pero también abre una puerta. Nos recuerda que vivir implica transformarse, equivocarse, volver a intentar. Que en cada historia personal —como en cada tango— hay una búsqueda de sentido.
Al volver sobre sus letras, queda una certeza: en la voz de Homero Expósito late algo más que una historia individual. Late una experiencia compartida, una forma de sentir que atraviesa generaciones. El tango, en su pluma, se vuelve espejo. Y en ese espejo, cada uno puede encontrar algo propio: un recuerdo, una pérdida, una esperanza. Porque, al fin y al cabo, cuando la poesía logra decir lo que todos sentimos —cuando nombra lo que parecía innombrable—, deja de ser de un solo autor y pasa a ser, verdaderamente, del pueblo.
La flor que vincula el corazón del pueblo argentino
En el año 1990, ante la imposibilidad de visitar nuestro país, el maestro Ikeda dedicó a la Argentina un poema llamado La maravillosa melodía danza en el siglo. En el mismo, refiere a aquella «maravillosa melodía» que es el tango:
«El espíritu de la Argentina
es un corazón fusionado como el gran océano,
trascendiendo el pequeño marco
de una nación o de una raza.
Tal como la tierra primaveral,
es siempre renovado y creativo.
El nacimiento del tango argentino
habla de esto...
En el siglo XIX,
la música de numerosas naciones,
traída por los tripulantes
de los diversos lugares del mundo,
se unificó en ese crisol del pueblo
llamado Buenos Aires,
y compuso la melodía llamada tango,
como ser humano para el ser humano.
Mi querido amigo,
el virtuoso Mariano Mores, me comentó:
“El tango es la cristalización de la energía
y del espíritu magnánimo del pueblo”.
En verdad es así.
Esa melodía se divulgó rápidamente al mundo,
y repercutió en el sonido del espíritu de los pueblos.
Es la flor que vincula los corazones argentinos.
Los argentinos
son el símbolo del ciudadano del mundo». [5]
CITAS
[1] SIERRA, Luis Adolfo: «Homero Expósito: Semblanza», revista Tango y Lunfardo, Nº 74, 1992.
[2] AZZI, M. S.: «La inmigración y las letras de tango en la Argentina», en Tango tuyo, mío y nuestro, 1995.
[3] IKEDA, Daisaku (1995, febrero 12) Recuerdo de mis encuentros con destacadas personalidades del mundo: Osvaldo Pugliese, el venerado maestro argentino. Diario Seikyo.
[4] IKEDA, Daisaku (2022) Iluminando el mundo con el budismo del sol: Una religión de revolución humana. Buenos Aires: Azul índigo, p. 125.
[5] IKEDA, Daisaku (1990) La maravillosa melodía danza en el siglo. Poema enviado a la Argentina.








