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¡Siempre victoriosos! | Los jóvenes y La nueva revolución humana: el legado de Kansai

¡Siempre victoriosos! | Los jóvenes y La nueva revolución humana: el legado de Kansai

¡Siempre victoriosos! | Los jóvenes y La nueva revolución humana: el legado de Kansai

Humanismo Soka

viernes, 24 de abril de 2026

viernes, 24 de abril de 2026

Cuando una persona decide no rendirse, cuando elige avanzar aun en medio de la incertidumbre, algo comienza a transformarse en su interior. Paso a paso, descubre una fuerza que tal vez no sabía que poseía: una energía capaz de abrir nuevos caminos allí donde antes parecía no haber salida. En el budismo de Nichiren, esa fuerza no brota en soledad, sino que se cultiva en una relación profundamente humana: el vínculo de maestro y discípulo. Es allí donde la fe se vuelve concreta y donde cada desafío se transforma en una oportunidad para crecer. Compartamos a continuación sobre la segunda parte del volumen 30 de la novela del maestro Ikeda La nueva revolución humana.

Cuando una persona decide no rendirse, cuando elige avanzar aun en medio de la incertidumbre, algo comienza a transformarse en su interior. Paso a paso, descubre una fuerza que tal vez no sabía que poseía: una energía capaz de abrir nuevos caminos allí donde antes parecía no haber salida. En el budismo de Nichiren, esa fuerza no brota en soledad, sino que se cultiva en una relación profundamente humana: el vínculo de maestro y discípulo. Es allí donde la fe se vuelve concreta y donde cada desafío se transforma en una oportunidad para crecer. Compartamos a continuación sobre la segunda parte del volumen 30 de la novela del maestro Ikeda La nueva revolución humana.

Cuando una persona decide no rendirse, cuando elige avanzar aun en medio de la incertidumbre, algo comienza a transformarse en su interior. Paso a paso, descubre una fuerza que tal vez no sabía que poseía: una energía capaz de abrir nuevos caminos allí donde antes parecía no haber salida. En el budismo de Nichiren, esa fuerza no brota en soledad, sino que se cultiva en una relación profundamente humana: el vínculo de maestro y discípulo. Es allí donde la fe se vuelve concreta y donde cada desafío se transforma en una oportunidad para crecer. Compartamos a continuación sobre la segunda parte del volumen 30 de la novela del maestro Ikeda La nueva revolución humana.

Los festivales culturales nacen justamente del espíritu de inseparabilidad entre mentor y discípulo: son espacios donde la transformación interior se hace visible, donde la decisión de cada persona de avanzar convierte en expresión compartida, en alegría que se multiplica y en valor que se irradia hacia los demás.

El corazón del maestro late en el triunfo de sus discípulos

La vida del maestro Ikeda es una prueba luminosa de este principio. Su existencia estuvo guiada por la determinación de responder plenamente a su maestro, Josei Toda, anhelando hacer realidad sus ideales y demostrar, a través de sus propios logros la grandeza de quienes lo precedieron. En ese camino, dejó una enseñanza que ilumina el sentido de nuestro propio esfuerzo:

«El maestro Makiguchi dijo una vez: “Si florecemos y prosperamos en el presente, crece el brillo de nuestros predecesores. Si en el presente languidecemos y declinamos, la luz de nuestros antecesores se apaga”. ¡Cuán ciertas son sus palabras! Me he esforzado con la determinación inamovible de mostrar la grandeza de los presidentes Makiguchi y Toda, y de hacer realidad sus anhelos y su visión». [1]

Estas palabras nos invitan a comprender que cada victoria personal tiene un significado mucho más amplio. Al desarrollarnos, al superar nuestras propias limitaciones y al construir una vida de valor para nosotros y las demás personas, no solo transformamos nuestro destino: también hacemos brillar el legado de quienes abrieron el camino que estamos transitando. En ese acto, el discípulo revela el corazón del maestro, y el maestro vive en el triunfo del discípulo. Los festivales culturales de la Soka Gakkai son la manifestación concreta de ese legado en acción, escenarios donde innumerables personas expresan la dicha y la vitalidad que nacen de la fe.

El juramento que nos impulsa a florecer

Basar la vida en la fe es asumir un juramento: el de no retroceder ante las dificultades y el de seguir avanzando con la mirada puesta en un futuro mejor. Es decidir que cada una de las circunstancias de la vida, incluso la más desafiante, será el punto de partida para una nueva victoria. Y es también compartir ese proceso con otros, tejiendo lazos de confianza, amistad y aliento mutuo. Allí reside una fuente profunda de felicidad: en crear valor junto a otros y en celebrar ese esfuerzo colectivo.

El pasaje que sigue, del capítulo «Juramento» de La nueva revolución humana nos muestra con claridad cómo este espíritu se manifiesta en la juventud. A través de una escena intensa y profundamente conmovedora, veremos cómo la fe, la amistad y la determinación permiten a las personas superar lo aparentemente imposible y convertir cada desafío en una oportunidad para que nuestras vidas florezcan plenamente, tal como lo hicieron los jóvenes de Kansai.



……………………………



«Quienes abren las puertas de una nueva era son los jóvenes. Para que una organización, las sociedades y las naciones muestren un desarrollo sostenido, es esencial el surgimiento de un flujo constante de jóvenes que desplieguen sin restricciones su potencial. Shin’ichi había propuesto realizar festivales culturales a cargo de los jóvenes justamente para ofrecer ocasiones propicias para esto. Los festivales culturales de la Soka Gakkai son escenarios que representan el triunfo de las personas anónimas del pueblo, que expresan la dicha y la dinámica vitalidad que adquirieron a través de la práctica del budismo de Nichiren. Ellos son un microcosmos de armonía humana, que muestran la belleza y la fortaleza de la unión que surge de la amistad y la confianza. Son fiestas de esperanza, proclamas de nuestro juramento de realizar el kosen-rufu, es decir, de hacer de la paz mundial una realidad.

El 22 de marzo de 1982 tuvo lugar el Primer Festival Cultural de Jóvenes de Kansai por la Paz, en el Estadio Nagai de Osaka. Los miembros de los Departamentos Juveniles de Kansai estaban firmemente decididos a desafiarse para hacer que este nuevo festival fuera mucho más inspirador que el anterior, tanto por los logros artísticos de las presentaciones como por la fuerza con que transmitirían el espíritu de la Soka Gakkai. En el Festival Cultural, los jóvenes de Kansai se disponían a presentar una pirámide humana de seis niveles, una gimnasia acrobática sumamente difícil.

Cuatro mil jóvenes entraron al estadio lanzando clamores y corriendo. Seguidamente, formaron ocho pirámides de cinco niveles, y en el centro comenzaron a armar otra de seis pisos. En el primer nivel tomaron posición sesenta miembros; en el segundo, veinte; en el tercero, diez; en el cuarto, cinco; en el quinto, tres, y en el nivel más alto, uno. Quienes estaban en el nivel más bajo debían permanecer de pie y soportar sobre sus hombros el peso de treinta y nueve compañeros. Si los jóvenes que estaban en ese nivel no se mantenían firmes, sería imposible sostener a quienes estaban en los niveles más altos. Los muchachos del segundo nivel tomaron su posición agazapados formando un círculo sobre los hombros de sus pares de la fila inferior. De la misma manera se dispusieron los del tercero, cuarto y quinto nivel, sobre los hombros de sus compañeros de la fila de abajo. Y por fin el último gimnasta escaló hasta el nivel más alto: el sexto.

Una vez allí exclamó: “¡Vamos!, ¡adelante!”. 

Era un clamor que exhortaba a iniciar una saga para romper límites.

Cada integrante del equipo mostraba seguridad. Era la confianza forjada a través de las intensas jornadas de capacitación y ejercicio. 



Los jóvenes que estaban en el segundo nivel en posición agachada enderezaron sus cuerpos cargando sobre sí el peso de diecinueve compañeros. Sus pies se incrustaron en los hombros de quienes estaban debajo. Pero era preciso que se mantuviesen erguidos, ya que de lo contrario los compañeros a quienes sostenían perderían el equilibrio y se precipitarían. Ellos apretaron los dientes y mantuvieron la posición erecta. 

Les siguieron los del tercero y cuarto nivel, que también se pusieron de pie de la misma manera. Sus cuerpos estaban tensos y se sacudían provocando pequeños temblores.

Sobre ellos volaba en círculo el helicóptero con el equipo de filmación. Sus hélices provocaban grandes ruidos y la ráfaga que levantaba era mucho más fuerte que lo esperado. La pirámide, aún a medio hacer, osciló de un lado a otro. Todos hicieron un desesperado esfuerzo para mantener la estabilidad. Los miembros que estaban alrededor de la base comenzaron a hacer daimoku dentro de su corazón. Finalmente, el helicóptero se alejó.

La persona que estaba en la cúspide de la pirámide intentó ponerse de pie, pero no lograba el equilibrio. Volvió a agazaparse lentamente y apoyó sus manos en los hombros del compañero que estaba por debajo tratando de recobrar la estabilidad. 

Los espectadores veían la escena conteniendo el aliento; las miradas estaban clavadas en la cima de la pirámide.

“¡Ponte de pie!”. “¡Cuenta con nosotros!”, parecían decirle quienes lo sostenían. 

“¡Vamos, ánimo!”, gritó alguien desde las gradas de los espectadores. 

El joven del sexto nivel respiró hondo, miró hacia el cielo y con un movimiento rápido se puso de pie. 

En la cumbre de la pirámide, él extendió sus brazos.

Vítores y aplausos tronaron en el Estadio Nagai. En las gradas de fondo aparecieron en vivos colores los trazos que decían “Espíritu de Kansai”. 

Shin’ichi celebró el espectáculo con un aplauso efusivo.

El joven que estaba en la cúspide exclamó algo. Había sido un clamor del alma, pero nadie pudo oírlo, porque sus palabras fueron sofocadas por los gritos entusiastas del público. Él había dicho: “¡Koji, lo hemos logrado!”.

Él era Hiroyuki Kikuta y Koji, amigo y miembro de la DJM. Koji Ueno había fallecido hace cinco días. Ambos trabajaban en la misma empresa de fontanería, y Koji también tenía previsto integrar el equipo de gimnastas en el Festival. Pero el 17 de marzo, murió repentinamente a raíz de una enfermedad. 

Kikuta se había desafiado hasta el final para culminar exitosamente la presentación, que había sido el deseo de su amigo. 

La pirámide humana de seis niveles que los jóvenes construyeron aquel día fue un hermoso monumento a la amistad que jamás se desmoronaría. 



Koji Ueno estaba participando asiduamente en las sesiones de ensayo junto con sus compañeros del equipo de gimnasia, pero el 6 de marzo, sintió malestar y fue llevado de urgencia a un hospital local.

Después del examen médico, le hicieron regresar a su casa. Pero comenzó a mostrar síntomas de desorientación y obnubilación, y debió ser hospitalizado. En medio del sopor, repetía incansablemente: “Mi mejor amigo estará en el tope de la pirámide de seis pisos”.

Poco después, él entró en estado de coma y debió ser trasladado a un centro de emergencia con unidades de cuidados intensivos. Hiroyuki Kikuta vino presuroso al hospital y llegó a tiempo para estar junto a su amigo en el momento en que estaban por colocarlo en la camilla. Fue entonces cuando Ueno dijo en un susurro, pero voz clara: “¡Haremos posible un imposible!”.

Fueron estas sus últimas palabras. 

En el centro de emergencias, le diagnosticaron un serio cuadro de hemorragia subaracnoidea idiopática (apoplejía). Al día siguiente, el 13 de marzo, tuvo un paro respiratorio y debió ser conectado a un respirador. Vivió unos cuatro días más y alcanzó el 16 de marzo con vida. Pero al día siguiente, por la tarde, expiró serenamente.

Cerca de la cabecera de su cama, colgaba en una percha el uniforme azul que tenía previsto ponerse el día de la actuación.  En el centro de atención de agudos, Kikuta juró ante su amigo fallecido: “Koji, daré lo mejor de mí, lo haré también por tí”.

El 18 de marzo, Kikuta se dirigió al gimnasio de las Escuelas Soka De Segunda Enseñanza Básica y Superior Para Señoritas, en la localidad de Katano, en Osaka, llevando en el bolsillo de su pecho una foto de su íntimo amigo. Los jóvenes aún no habían tenido éxito en construir la pirámide hasta el sexto nivel, pero aquel día lograron ir más allá de este difícil reto por primera vez.

Los integrantes del equipo de gimnasia que estaban en las escuelas Soka y los demás grupos que realizaban sus ensayos en otros locales habían sido informados sobre la muerte de Ueno. Supieron del espíritu invencible que mantuvo hasta el mismísimo final y de sus últimas palabras: “Hacer posible lo imposible”

Los corazones de los cuatro mil jóvenes ardieron con el mismo afán como si fuesen uno. 

Kikuta grabó las palabras de Ueno profundamente en su corazón. Se desafió empujando todos los límites y coronó con una espectacular actuación el número gimnástico haciendo realidad la voluntad de su amigo: revertir lo imposible. 

La Soka Gakkai honró a Ueno otorgándole el título honorario póstumo de responsable de sede central del Departamento Juvenil Masculino.

Su madre reflexionó posteriormente: “Cuando mi hijo estaba en el segundo año de la enseñanza media básica, estuvo a punto de morir debido a una Púrpura. Viendo retrospectivamente, siento que él pudo prolongar su vida hasta hoy gracias a la fe en el Gohonzon”.



En la carta que la esposa de Koji Ueno le dirigió a Shin’ichi, decía: “Después de haber luchado contra su destino, mi esposo falleció apaciblemente, con una expresión que reflejaba la inocencia de un niño. Él nos dejó un testimonio irrefutable de la fe. Dio todo de sí mismo hasta el último momento y nos mostró qué significa practicar el budismo Nichiren y cómo luchar para sobreponernos al karma”. 

Cuando los participantes en el Festival Cultural de Jóvenes de Kansai decidieron reunir sus firmas y sus determinaciones, los compañeros del equipo pidieron que Ueno fuese incluido también en la lista. Su esposa se encargó de escribir en su nombre: «¡El kosen-rufu es mi vida! —Koji Ueno, responsable honorario de sede central de la DJM». 

Al enterarse de eso, Shin’ichi ofreció oraciones en memoria de Koji Ueno y entonó también daimoku por su señora, deseando con toda su vida que ella continuara dedicándose al kosen-rufu incluso por su esposo y pueda llevar una existencia feliz. 

Muchos miembros que habían participado en el festival pertenecían a una generación de jóvenes que se muestran reacios a cualquier entrenamiento que requiere sacrificio o a realizar actividades colectivas. Además, tenían que cumplir con otras obligaciones y exigencias en el trabajo o en los estudios. Para ellos, participar en los ensayos y las sesiones de práctica en dirección al festival era una batalla –para no ser vencidos por sus propias debilidades y una lucha contra el reloj. Así y todo, hicieron daimoku y se retaron a sí mismo basándose en la fe y alentándose mutuamente para que nadie se deje vencer. 

De esta manera, cada uno protagonizó un emocionante drama de revolución humana y el evento fue escenario de incontables sagas de amistad. El festival dio a los jóvenes la oportunidad de forjar en su interior el espíritu Soka que impulsa a enfrentar las adversidades con bravura y a hacer de esa entereza su modo de encarar los retos de la vida. Fue en dicha ocasión que la juventud tomó el legado espiritual de Kansai siempre victoriosa». [2]




CITAS

[1] IKEDA, Daisaku: La sabiduría para ser feliz y crear la paz, Buenos Aires: Azul índigo, 2019, vol. 3, pág. 300.

[2] IKEDA, Daisaku: La nueva revolución humana, Buenos Aires: Azul índigo, 2018, vol. 30, pág. 11.



© Humanismo Soka - 2024

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