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«Si el corazón brilla, toda la vida brillará» | Los jóvenes y La nueva revolución humana

«Si el corazón brilla, toda la vida brillará» | Los jóvenes y La nueva revolución humana

«Si el corazón brilla, toda la vida brillará» | Los jóvenes y La nueva revolución humana

Humanismo Soka

martes, 13 de enero de 2026

martes, 13 de enero de 2026

A continuación, compartimos el artículo publicado en la sección «Los jóvenes y La nueva revolución humana» de la revista Humanismo Soka de diciembre del 2025.

A continuación, compartimos el artículo publicado en la sección «Los jóvenes y La nueva revolución humana» de la revista Humanismo Soka de diciembre del 2025.

A continuación, compartimos el artículo publicado en la sección «Los jóvenes y La nueva revolución humana» de la revista Humanismo Soka de diciembre del 2025.

«Lo que forja la identidad de una persona es la aspiración. Una aspiración noble y elevada gesta una vida grandiosa»,1 expresó, una vez, el maestro Ikeda. 

Es sabido que la juventud no es un período simple, sino que es el momento preciso para afrontar toda clase de obstáculos, como esa arena en la que cultivar las cualidades sobre las que consolidar una identidad sólida. No es sencillo: muchas veces, los sufrimientos y las adversidades aparentan ser algo insuperable, o nos abruman al punto de hacernos perder la esperanza en nuestro porvenir. Sin embargo, creemos en las enseñanzas budistas, las practicamos y estudiamos para vivir con alegría suprema, convirtiendo todo veneno en la medicina de nuestra felicidad. Atesoramos las aspiraciones de nuestros sueños en el corazón y sostenemos la práctica budista con fe en el Gohonzon: de esta manera, todo lo que vivimos se impregna de nuestra decisión de crear una realidad diferente, de construir un triunfo absoluto con la fuerza de nuestra juventud.

El maestro Ikeda alentó así a los jóvenes: «Toda existencia es igualmente digna de respeto. Si una difiere de la otra, se debe al estado de vida, al espíritu y al sincero deseo que cada individuo manifiesta. Las diferencias en estos aspectos son lo que determina el camino que cada uno sigue en la vida, ahora y durante toda la eternidad. Lo fundamental no son las apariencias externas ni la posición, sino el estado de nuestro corazón. Si el corazón brilla, toda la vida brillará. Si su corazón está oscurecido y cubierto de nubarrones, también lo estará su vida. El propósito del Budismo del Daishonin no es restringirlos ni limitarlos, sino permitirles avanzar de un modo libre y magnánimo hacia la concreción de sus sueños. La fe y la práctica son los dos motores gemelos que les darán impulso para llevar una vida intensamente satisfactoria y de constante progreso».2

Tenemos la fe, para iluminar cada rincón de los recovecos de nuestro espíritu, y a través de la práctica podemos despertar la poderosa fuerza vital de los budas y bodisatvas, inherentes a nuestra existencia. Tenemos a nuestros compañeros, para siempre avanzar directo hacia la felicidad. Y tenemos un gran maestro de vida, quien consagró su existencia a crear un legado por la genuina paz humana, que sus discípulos directos heredamos en esta grandiosa gesta del kosen-rufu mundial. ¡Qué grandioso es enfrentar cada aspecto de la vida rodeados de entrañables amigos que nos ofrecen su aliento constante, recorriendo el camino de la inseparabilidad de maestro y discípulo que enciende la luz de la esperanza en nuestro interior! ¡Qué afortunados somos, de conocer esta filosofía y poder construir una brillante felicidad en el mundo de la Soka Gakkai!

Gracias al vínculo con el mentor, en los esfuerzos por responder a sus expectativas, podemos entrenar la autodisciplina y hacer surgir una fuerte independencia. La inseparabilidad de maestro y discípulo despierta la inmensa alegría de desafiarnos en cada aspecto de nuestra revolución humana, por extraer nuestro máximo potencial para poder crear algo valioso, que impacte positivamente en el entorno y nos permita crecer.

«La persona que no corre, no se cansa ni transpira. Pero tampoco podrá llegar a la línea de llegada. Sólo un corredor enérgico que prosigue sin cesar podrá romper la cinta de la gloria perenne en la vida. La existencia sublime y maravillosa de los que corren hasta el final del camino en su práctica de la fe amplían la comprensión del budismo en la sociedad»3, expresó también el maestro Ikeda. A su vez, nos pidió: «La persona que puede ser un faro infalible para los demás brindará serenidad a su propia familia y a sus amigos, a su comunidad y a toda la sociedad. Por eso, cada uno de ustedes debe llegar a ser como un faro»4.

En esta oportunidad, profundizaremos en el capítulo «Principal bastión», del volumen 17 de la novela La nueva revolución humana, que cuenta la historia de las hermanas Mikako y Minako Mitsukawa, de la ciudad de Tokio, Japón. ¡Compartamos juntos!




Mikako Kitsukawa era una joven inteligente y de carácter fuerte. Tenía una hermana y dos hermanos menores. Su padre dirigía una fábrica de productos farmacéuticos, y ella era  la hija mayor. La familia tenía un buen pasar, pero su progenitor sufrió un doloroso cambio de fortuna. Era un hombre honesto, de buen corazón, que fue engañado y perdió todo.

Fue en ese período que un pariente los introdujo en el budismo del Daishonin. Con la esperanza de transformar su karma, los integrantes de la familia ingresaron en la Soka Gakkai, uno tras otro. Pero Mikako asistía a una escuela cristiana y bajo esta influencia, no siguió los pasos del grupo familiar. Por el contrario, buscó refugio en la Biblia.

Pero tenía dudas. No podía entender por qué les había pasado algo así. Parecía  terriblemente injusto.

Deseaba dedicar su vida a alguna forma de ayuda social. Estaba dispuesta a sacrificar su propia felicidad para servir a los demás. Pero al mismo tiempo, no podía dejar de sentir que más que el autosacrificio, lo que quería era poder utilizar su talento en una labor satisfactoria y sentirse realizada en la vida.

Ingresó en la Universidad Cristiana de Señoritas de Tokio, en el Departamento de Literatura Anglo-americana, porque le gustaba el inglés. Pero aún se preguntaba sobre su futuro, y estaba empezando a sentir los límites de su capacidad. En esencia, se preguntaba sobre la mejor manera de vivir.



Su hermana Minako, que era tres años menor, estaba muy activa en la Soka Gakkai, al igual que su madre. De tanto en tanto, invitaba a Mikako a asistir a las reuniones, pero ésta siempre rehusaba con frialdad. «No voy», solía decir. «Nada sobre la Tierra podría inducirme a ingresar en la Soka Gakkai». Pero advirtió que desde que se había convertido en miembro, su hermana había cambiado; se había vuelto más positiva y alegre. También era más amable y considerada con sus hermanos menores.

Cuando se comparaba con la nueva Minako, Mikako se deprimía. Aunque  trataba de mostrarse feliz, en su interior estaba triste y negativa. El más pequeño contratiempo la desalentaba y le era difícil olvidar. Hablaba de «amar al prójimo», pero en realidad no era muy amable ni siquiera con sus propios hermanos. Bien en lo profundo, pensó, en verdad sólo se preocupaba por ella. Reflexionando sobre esto se dio cuenta de que sus acciones no condecían con sus palabras y se odió por ello.

Una noche, Minako comenzó a hablarle con entusiasmo sobre el budismo. Ésta, consciente de que su hermana mayor estaba preocupada por el futuro, sintió que debía ofrecerle ayuda.

Con palabras apasionadas, le explicó los principios budistas de la vida y el karma, y la historia de la Soka Gakkai. Hablaron extensamente. Todo lo que escuchaba era nuevo para Mikako; y el tema del karma le produjo un gran impacto. Por fin encontraba una respuesta a la pregunta sobre la injusticia social que la había preocupado durante tantos años.

Minako hizo hincapié en que el budismo enseñaba a ser feliz y a brindar dicha a los demás. Por último, con la mirada húmeda, dijo:

—Por favor, prueba conmigo. Sólo este budismo te permitirá llevar adelante la vida que estás buscando. Si después piensas que no es bueno para ti, asumiré la responsabilidad de haberte inducido y también dejaré la práctica.

Hondamente conmovida por la sinceridad de su hermana, los ojos de Mikako se llenaron de lágrimas. Era cierto que había empezado a cuestionar algunas enseñanzas cristianas y a observar contradicciones en la historia de esa religión, pero estaba orando fervorosamente a Dios para superar sus dudas. Así pues, era natural su renuencia a abrazar otra fe. Temía que si abandonaba el cristianismo ella y su hermana serían condenadas al infierno, y este pensamiento la aterraba.

Pero vio la genuina preocupación reflejada en los ojos de Minako y supo que con su apoyo podría superar cualquier dificultad. Después de una gran lucha interna, respondió con firme decisión:

—¡Probaré!

Minako se echó a llorar. Había triunfado el amor fraternal.



Mikako ingresó en la Soka Gakkai cinco años después que su hermana menor. Una vez tomada la decisión, estaba resuelta a permanecer en la Soka Gakkai hasta el final y a dar todo de sí a la práctica.

Sabiendo que buscar solo la propia felicidad no era suficiente, Mikako se preguntaba desde hacía mucho cómo podría contribuir a la sociedad y también llevar una vida personal plena. En la Soka Gakkai encontró la respuesta. Allí había gente que se esforzaba para alcanzar la grandiosa meta del kosen-rufu –la concreción de la felicidad y la paz para toda la humanidad– y que, al mismo tiempo, se dedicaba a realizar sus sueños personales. Esto era algo muy diferente de la visión del autosacrificio que había conocido antes.

A partir de este punto, su crecimiento personal fue sorprendente. Asumió una actitud seria y responsable en cada actividad de Gakkai. Estudió con avidez la orientación y las disertaciones del presidente de la Soka Gakkai Shin’ichi Yamamoto.

Después de graduarse en la Universidad, se convirtió en maestra de inglés en una escuela. Pero su deseo de servir a los miembros de Gakkai trabajando tiempo completo para el kosen-rufu en la sede central de la organización se intensificaba cada día.

Finalmente, esto se hizo realidad. Se integró en el plantel de la sede central. En su expresión radiante y sus palabras entusiastas, Shin’ichi vio el hondo compromiso de la joven.

Fue asignada a la oficina de asuntos generales, donde cada día podía observar al presidente Yamamoto en acción. Una vez, lo escuchó decirle a una miembro del Departamento Juvenil Femenino cuya fe debilitada la encaminaba hacia la desdicha: «No importa dónde estés, no importa cuán sumida puedas estar en la tristeza, vendré, te encontraré y haré lo que sea para ayudarte a ser feliz».

Mikako percibió una infinita calidez y misericordia en las palabras de su mentor, y la invadió una intensa emoción. A través de su contacto con Shin’ichi, se dio cuenta de que éste jamás desperdiciaba un solo instante y que, al asumir el liderazgo del kosen-rufu, estaba dispuesto a dar hasta la última gota de su ser. Pudo ver que lo único que preocupaba a su mentor era la felicidad de los demás y la paz mundial. Como discípula de Shin’ichi, juró levantarse con el mismo compromiso.5



CITAS

1 IKEDA, Daisaku: El sol de la verdad brilla radiante después de la tormenta, discurso pronunciado en un encuentro realizado en la Universidad Soka, Hachioji, Tokio, el 5 de mayo de 1991.

2 IKEDA, Daisaku: Si brilla su corazón, brilla toda su vida, discurso pronunciado en una reunión general en el Reino Unido, realizada en el Gran Centro Cultural de Taplow Court, el 25 de junio de 1991.

3 Ib.

4 Ib.

5 IKEDA, Daisaku: La nueva revolución humana, Buenos Aires: Azul índigo, 2018, vol. 17, pág. 24.



© Humanismo Soka - 2024

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