Humanismo Soka
¿Cómo se constituye la personalidad?
No somos así «porque sí». Una serie de factores psicológicos, conductuales, contextuales, biológicos y vinculados a nuestra historia personal van dando forma a medida que crecemos a lo que comúnmente llamamos «personalidad». Incluso hasta antes de nacer, ciertos factores que nos anteceden van formando ese contexto que luego formará parte de nuestra identidad. Pero, ¿qué pasa cuando ciertas características de nosotros mismos no nos gustan o nos hacen sufrir? ¿Es posible modificarlas?
Cada persona es única: dos seres humanos pueden nacer en un mismo lugar, incluso en la misma familia, pero ser totalmente diferentes. Los especialistas María Inés de la Iglesia y Alejandro Iantoro, en su libro Psicología siglo XXI: accediendo a la ciencia de la mente, expresan: «El término personalidad, tiene su origen en la palabra persona y esta última significa “máscara”, y hace referencia a la que usaban los griegos en la representación de la tragedia en sus teatros a cielo abierto de aquellos tiempos. Las máscaras son representativas de los personajes que actúan un rol determinado y bajo cierto libreto» [1]
Podemos pensar este libreto que traemos como nuestra familia, el lugar en el que nacimos con las características particulares que éste tenga, las condiciones socio-ambientales, determinantes biológicos, etc. Estas particularidades irán moldeando de algún modo la forma en que nos vinculamos con los demás y con la realidad. Por lo tanto, «cuando se piensa en el concepto de personalidad desde un punto de vista psicológico, se representa un esquema que una persona posee con respecto a su forma de pensar, de sentir y de actuar», como afirman a su vez los psicólogos mencionados. [2]
Si bien existen diversas teorías que abordan la personalidad, luego cada posicionamiento en el ámbito de la psicología de estos enfoques dependerá de la mirada filosófica que se tenga del ser humano. Por ejemplo, históricamente podemos mencionar la teoría de los Humores de Hipócrates, u otros más actuales, como el enfoque conductista, cognitivo conductual, psicoanalítico, existencial, humanista y socio-cognitivo.
El médico griego Hipócrates (460-370 a.C) pensaba que el ser humano estaba «formado por los mismos cuatro elementos que el resto de las cosas. Cada uno de estos elementos es responsable del nivel corporal de uno de sus fluidos: sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema, los cuales poseen una característica esencial: cálido y húmedo, frío y seco, cálido y seco, frío y húmedo respectivamente, dando lugar a una clase de temperamento según el cual el humor predomina. De aquí entonces aparece la clasificación de tipos de temperamentos en: sanguíneo, flemático, colérico y melancólico». [3] Para Hipócrates la forma de entender la personalidad estaba atravesada por un tinte claramente biologicista, en la que estos cuatro humores que provenían de sustancias químicas determinaban sus condiciones psíquicas.
Otra diferenciación que comúnmente se conoce es la del temperamento y el carácter. Este último según el diccionario es el «conjunto de cualidades psíquicas y afectivas que condicionan la conducta de cada individuo o de un pueblo». Se designa en forma genérica para mencionar determinadas tendencias que distinguen a un individuo y están representadas por los intereses, hábitos, rasgos y aptitudes que este posee. Entonces, el carácter sería una combinación de valores, sentimientos, actitudes y conductas. Da cuenta de cómo una persona percibe a los demás o a las cosas y al mundo en general, e interactúa con él. [4]
Por otro lado, lo que conocemos como temperamento refiere a «fenómenos característicos de la naturaleza emocional del individuo, la cualidad de su estado de ánimo predominante y todas las particularidades de fluctuación e intensidad del mismo». [5] Es decir que el temperamento, al igual que la teoría Hipocrática, también se relaciona con el aspecto biológico del individuo, por lo tanto es más difícil de modificar que el carácter. Suele decirse que el temperamento está «inscripto en los genes» de cada uno.
¿Es posible cambiar sin dejar de ser uno mismo?
Seguramente alguna vez nos encontramos diciéndonos a nosotros mismos cosas como: «si tan solo tuviera más coraje…»; «si tuviera más seguridad en mí...»; «si fuera como tal persona»... Estos pensamientos y comparaciones muchas veces terminan condicionándonos y actuando como un freno para desplegar todo nuestro potencial. Es decir, que esta forma de vernos a nosotros mismos nos impide apreciar nuestros recursos personales, y tendemos a idealizar al otro, lo cual nos genera sufrimiento. La psicología nos invita a mirar este aspecto de nuestra persona, a potenciar nuestras características únicas sin dejar de ser quien somos.
A su vez, el budismo es una filosofía que ensalza el potencial del ser humano: afirma que todas las personas, sin excepción, poseen el ilimitado poder positivo proveniente del estado de vida de la Budeidad, gracias al cual podemos manifestar lo mejor de nosotros en cualquier circunstancia. Es a través del «forjamiento» que nos brinda avanzar en nuestra revolución humana día tras día, basándonos en la práctica cotidiana del budismo, que podemos ir puliendo cada aspecto de nuestra personalidad hasta hacerlo brillar. Incluso nuestros defectos pueden terminar siendo nuestra mayor fortaleza si los utilizamos para crear valor y como un impulso para crecer. Y nuestras cualidades pueden resplandecer aún más. Si perseveramos en nuestros esfuerzos por mejorar día tras día, seremos capaces de establecer firmes bases en nuestro interior, sobre el cual cimentar una identidad inamovible, capaz de superar cualquier obstáculo y triunfar en cada meta. Por esta razón, no es necesario compararnos con los demás ni intentar ser alguien que no somos. Si damos lo mejor de nosotros mismos en cada desafío, ganando con lo que tenemos entre manos, podremos sacar a relucir lo mejor de nosotros.
Dialogando sobre el tema con los jóvenes, el maestro Ikeda expresó:
«El hecho es que casi todo el mundo está disconforme con algún aspecto de su carácter. En realidad, esas angustias ayudan a crecer. Sin embargo, deben tener en cuenta que jamás lograrán cambiar nada si sólo se lamentan. La humanidad ha logrado increíbles avances en el campo de la ciencia, pero aún sabe muy poco acerca del ser humano y de las funciones de la mente.
Podrá decirse que la persona es como un río. Dentro de un cierto tramo, el ancho no varía. Del mismo modo, la esencia de una persona no cambia. Sin embargo, lo que sí puede variar es la calidad de la corriente. Puede ser caudalosa o de pocas aguas, de aguas turbias o cristalinas, con abundantes peces o sin ellos. En otras palabras, lo que difiere es el contenido. Lo mismo puede decirse con respecto a los hombres. La personalidad, es decir el «cómo es», no determina la felicidad o la desdicha de un individuo, lo que importa es cómo ha transcurrido su existencia. El propósito del budismo y de la educación, así como de todos los esfuerzos que hacemos para progresar y desarrollarnos, apuntan a mejorar esa esencia. De eso se trata la vida
Si invocamos Nam-myoho-renge-kyo, podemos purificar nuestra vida, eliminar la negatividad y las impurezas. Todo se encaminará en dirección a la felicidad. Por ejemplo, la timidez puede expresarse en cualidades valiosas, como la prudencia y la discreción, y la impaciencia podrá manifestarse como una habilidad para hacer las cosas con rapidez y eficiencia.
Por más obstáculos que encuentre, la corriente del río jamás se detiene. Es el curso natural de las cosas. Si perseveran en el esfuerzo, su personalidad mejorará, con paso lento pero firme. La clave está en continuar avanzando, sin detenerse jamás.
Nadie es perfecto. Todos, sin excepción, tienen algún karma que los hace imperfectos. Es inevitable que ciertos aspectos de su personalidad no les agraden. Pero sería absurdo obsesionarse hasta llegar a detestarse o desvalorizarse, poniendo trabas al propio crecimiento». [7]
CITAS
[1] DE LA IGLESIA, María Inés, y IANTORNO, Alejandro: Psicología siglo XXI: accediendo a la ciencia de la mente, Buenos Aires: UFLO, 2012, págs. 495-496.
[2] Ib.
[3] Ib., págs. 499-500.
[4] Ib., pág 497.
[5]Ib., pág 498.
[6] Ib.
[7] IKEDA, Daisaku: Conversaciones sobre la juventud, Para los protagonistas del siglo XXI, publicado en el periódico Koko Shimpo, del 22 de enero de 1997.









