
Humanismo Soka
Shakyamuni pasó sus días en el Parque de los Ciervos exponiendo la Ley a los cinco ascetas que se habían convertido en sus discípulos.
En cierta oportunidad, cuando estaba descansando, vio que se aproximaba un joven. Se quejaba y suspiraba lastimeramente: «¡Oh, cuánto sufrimiento! ¡Cuánta amargura!». Su nombre era Yashas. Era hijo de una familia rica y, hasta ese momento, había vivido en el lujo y la comodidad, con un séquito de doncellas que respondían a todos sus antojos. Sin embargo, no estaba satisfecho. Sentía que su vida estaba vacía, tan yerma como un cementerio. Por eso había huido del hogar.
Shakyamuni lo llamó y le preguntó: «¿Qué es lo que te preocupa? Donde yo habito no existe la zozobra, así que, por favor, ven». Lo invitó a sentarse en la estera, junto a él.
No le habló de inmediato sobre la Ley de la vida. Con envolvente calidez, le habló sobre la manera correcta en que debían vivir las personas y le señaló la necedad de una existencia esclavizada por el deseo. Yashas sintió que su corazón se purificaba.
Cuando Shakyamuni vio que el joven había recuperado la compostura, comenzó a exponer una parte de la Ley. Yashas lo escuchaba con mucha atención; sus mejillas sonrosadas denotaban su interés. Comenzó a surgir en su interior el deseo de abrazar la Ley.
Shakyamuni había empezado por brindar al desesperanzado joven un cálido apoyo. ¿Qué palabras debemos utilizar para alentar a quien está sufriendo? Esta preocupación y la misericordia que la origina son el punto de partida para la propagación del budismo.

En cuanto a Yashas, en su hogar se había producido una gran conmoción. Su adinerado padre había enviado sirvientes en todas direcciones, pero no había podido esperar; él mismo había partido en busca de su hijo. Finalmente, llegó al Parque de los Ciervos, donde encontró a Shakyamuni. Este le expuso la Ley y el ansioso padre se impresionó enormemente. Al escuchar la enseñanza, tomó conciencia de que la riqueza y la fama no eran todo en la vida. Descubrió el sendero eterno de la verdad única para toda la humanidad y, al igual que Yashas, decidió seguir a Shakyamuni. Sin embargo, como jefe de su clan, no le era posible abandonar sus responsabilidades para ingresar en la comunidad religiosa. En cambio, se dedicó a la práctica budista como creyente laico. También permitió que su hijo dejara el hogar y renunciara a la vida secular.
Shakyamuni aceptó una invitación para visitar el hogar de estos nuevos seguidores y así conoció a la madre y a la esposa de Yashas, un significativo encuentro que las llevó a convertirse al budismo.
Yashas era un joven honesto y muy apreciado. La noticia de su ingreso en la vida religiosa se difundió entre sus amigos con la velocidad de un rayo. Curiosos por saber más acerca de la persona que lo había cautivado, como también acerca de la enseñanza que predicaba, fueron a visitar a Shakyamuni. Después de ese encuentro, ellos también, uno tras otro, abandonaron el hogar para empezar a transitar el nuevo camino. Pronto, el número creció hasta sobrepasar los cincuenta.
Atesorar a cada persona, forjar a cada individuo, es la fórmula inalterable que conduce a la propagación amplia del budismo.
En el Parque de los Ciervos, unos sesenta seguidores se reunieron en torno a Shakyamuni y lo aceptaron como maestro. Aunque pocos en cantidad, constituían una orden religiosa.
Cierto día, Shakyamuni proclamó ante sus discípulos:
—¡Monjes, partamos para difundir la enseñanza! Viajemos a diversas regiones y prediquemos la Ley en bien de la felicidad de las personas y de la paz del reino.
Todos lo miraron atónitos. El anuncio era un golpe inesperado.

Buscando estimularlos, dijo con firmeza:
—En vez de iniciar la jornada de a dos, cada uno partirá solo. Quiero que propaguen esta enseñanza de modo claro y acorde con la razón, que sean intachables y se conduzcan con dignidad.
¿Debían actuar en forma independiente? Esto los sorprendió aún más. Pero la penetrante mirada de Shakyamuni no admitía dudas: había llegado el momento de abandonar el amparo de su mentor. Finalmente, les informó:
—Yo iré a Sena, el lugar donde logré la iluminación, para predicar allí la Ley.
Shakyamuni albergaba ciertos temores; era arriesgado enviar a sus discípulos a propagar la enseñanza sin su apoyo. Pero el budismo no es una religión para permanecer enclaustrado en el mundo de la filosofía o de la meditación. El auténtico budismo existe en los esfuerzos prácticos de quienes, habiendo buscado la Ley y habiéndola comprendido, toman como misión personal convertir a otros y conducirlos a la iluminación.
Uno de los propósitos de Shakyamuni al actuar de esa manera pudo haber sido evitar que sus discípulos tuviesen una comprensión pasiva; ayudarlos a desarrollar, mediante la propia experiencia, una autonomía religiosa. Asumir la responsabilidad de propagar la Ley es el medio más idóneo para enriquecer la propia fe.
Shakyamuni eligió forjar a sus discípulos alentándolos a mezclarse con la gente y a propagar la Ley por sí mismos. Su método demuestra claramente el espíritu budista de dar prioridad a la práctica.
Con la ardiente decisión de compartir las enseñanzas de su mentor, los discípulos de Shakyamuni partieron hacia diversos lugares. Entretanto, este último regresó a la región de Uruvela, donde había logrado la iluminación.
Rajagriha, la capital del reino de Magadha, era también el centro de una nueva cultura y albergaba a muchos maestros religiosos y filósofos sobresalientes. Situada relativamente cerca, Uruvela era, por lo tanto, un lugar ideal para que Shakyamuni comenzara decididamente sus actividades de propagación.
Shakyamuni jamás dejaba escapar la más mínima oportunidad de propagar. Estaba dedicado a enseñar la Ley de la vida a todas las personas. Por lo tanto, cada encuentro se convertía en la mejor ocasión para un diálogo que le permitía compartir su enseñanza.
Finalmente, llegó otra vez a orillas del río Nairanjana. Como había ocurrido en la mañana de su iluminación, las ramas de los árboles se adornaban con el mágico brillo de la luz solar. Allí comenzaría, por fin, su verdadera batalla para propagar la Ley.
Al llegar a Uruvela, Shakyamuni decidió predicar la Ley a tres renombrados líderes religiosos del área, antes que a ningún otro. Eran tres hermanos —brahmanes influyentes— que tenían quinientos, trescientos y doscientos discípulos, respectivamente. Si bien la intención expresada era transmitir la Ley a quienes se reconocía como autoridades religiosas sobresalientes, Shakyamuni estaba en verdad desafiándolos a un debate religioso.
Nichiren Daishonin escribió: «Uno puede demostrar su verdadera fortaleza sólo cuando derrota a un enemigo poderoso». Únicamente desafiando y venciendo al adversario más fuerte se puede probar la verdad y la validez de la Ley. Shakyamuni era una persona de gran coraje, que luchaba con bravura por la Ley.
La controversia sirvió para que el mayor de los hermanos, Uruvela Kashyapa, se diera cuenta de que las enseñanzas del Buda eran correctas. Sin embargo, no hizo nada para aceptarlas. Tenía muchos discípulos y admitir que había sido superado por Shakyamuni significaría una pérdida de prestigio. Por eso asumió una actitud altiva y grosera.
Pero Shakyamuni continuó predicando con cortesía y claridad, en un tono confiado y sincero. A medida que el diálogo avanzaba, Uruvela Kashyapa se sentía cada vez más deslumbrado por el carácter y la personalidad de Shakyamuni. Se daba cuenta de la diferencia con su propia conducta, en la que resaltaba su vil inquietud por la posición y la apariencia. Finalmente, prometió convertirse en discípulo de Shakyamuni.
Había triunfado la calidad humana. Transmitir las enseñanzas del budismo involucra algo más que un debate teórico. Es un compromiso de vida a vida, un enfrentamiento en el que cada individuo pone en juego toda su personalidad.
Y una vez más, Shakyamuni dio muestras de su consideración. Pensó en los discípulos de Uruvela Kashyapa y dijo: «Usted es el líder de quinientos seguidores. Debe transmitirles sus sentimientos y permitirles que decidan».
La fe no se puede imponer. Debe ser el resultado de una motivación interna.
Uruvela Kashyapa conversó largamente con sus discípulos. Les transmitió lo que Shakyamuni le había enseñado, y los quinientos decidieron convertirse en seguidores del Buda. En un acto voluntario, se desprendieron de todos los objetos rituales del brahmanismo y los arrojaron al río. Además, los dos hermanos menores, enterados de que el mayor se había unido a Shakyamuni, también se convirtieron a sus enseñanzas e ingresaron en la comunidad budista junto con todos sus discípulos. De golpe, el número de seguidores había crecido en más de mil.
Juntos continuaron la marcha hacia Rajagriha.
La noticia de la conversión de los tres brahmanes más influyentes del área pronto se difundió por toda la ciudad. También llegó a oídos del rey Bimbisara, el gobernante de Magadha, la nueva de que Shakyamuni había logrado la iluminación y que se dirigía a Rajagriha con sus discípulos.
El rey Bimbisara recibió con júbilo a Shakyamuni. Recordó con afecto el primer encuentro ocurrido algunos años atrás, cuando le había pedido que asumiera el mando del ejército de Magadha. En aquella oportunidad, el joven príncipe se había rehusado porque aspiraba a convertirse en un sabio. Desde entonces, el soberano había estado aguardando con ansiedad el día en que Shakyamuni lograra la iluminación y se convirtiera en buda. También había decidido seguirlo cuando llegara ese momento.
Tratando de contener su alegría y excitación, el rey visitó al ahora iluminado Shakyamuni, quien lucía intrépido y rezumaba más dignidad y bondad que antes. Su mismísima vida parecía fulgurar.
El monarca se inclinó profundamente ante él y se sentó, como uno más, entre la gente que asistía a la asamblea. Entonces, el Buda comenzó a predicar la Ley.

Al escuchar las enseñanzas, el rey Bimbisara juró seguir a Shakyamuni por el resto de su vida como creyente laico. Decidió construir y donar un monasterio para los monjes de la orden budista, en un pequeño bosque de bambús convenientemente situado no lejos de la ciudad de Magadha. Este fue el afamado Monasterio del Bosque de Bambús.
El sitio se convirtió en un lugar ideal para que los miembros vivieran y se refugiaran, en especial durante la estación de lluvias. Shakyamuni regresó allí muchas veces y lo utilizó como base para sus actividades de propagación en Rajagriha.
Sanjaya, uno de los seis maestros no budistas, también vivía en Rajagriha, un renombrado centro para el desarrollo de nuevas filosofías y líneas de pensamiento. Había adoptado la doctrina del escepticismo y tenía unos doscientos cincuenta seguidores. Dos de los más destacados eran Shariputra y Maudgalyayana. Ambos se convertirían en figuras sobresalientes entre los diez principales discípulos de Shakyamuni: Shariputra llegaría a ser «el principal en sabiduría» y Maudgalyayana, «el principal en poderes extraordinarios».
Ninguno de los dos estaba plenamente satisfecho con las enseñanzas de Sanjaya y continuaban buscando la verdad. Se prometieron mutuamente que el que encontrara a un mentor en quien confiar se lo diría al otro, y juntos seguirían el mismo camino.
Cierto día, Shariputra encontró a un discípulo de Shakyamuni y escuchó una parte de la enseñanza del Buda. El inteligente joven intuyó la grandeza de Shakyamuni y de la ley que enseñaba. De inmediato le transmitió la noticia a su amigo Maudgalyayana, quien también percibió la magnitud de la personalidad de Shakyamuni y la profundidad de sus enseñanzas. Aunque ninguno de ellos lo había conocido en persona, decidieron seguirlo. Cuando comentaron esto con los demás discípulos de Sanjaya, el conjunto en su totalidad prometió acompañarlos. Todos habían estado esforzándose en la práctica religiosa debido a la elevada estima y admiración que sentían por Shariputra y Maudgalyayana, los más aventajados integrantes del grupo.
Continuará…
(Extraído de La nueva revolución humana volumen 3, capítulo «El buda»).








