
Humanismo Soka
Cada persona se vincula desde su propia experiencia. Trae consigo una historia y una trama de lazos construidos a lo largo de su vida, que configuran su manera de sentir, pensar y relacionarse. Desde la psicología —y, en particular, desde la teoría psicoanalítica— se plantea que nos constituimos subjetivamente en relación con un otro. Es en ese encuentro donde comenzamos a devenir como sujetos.
En ese vínculo primario se nos nombra, se nos reconoce y se nos ubica en una trama de sentidos atravesada por expectativas, deseos y también por las posibilidades y limitaciones de quienes nos reciben. Estas experiencias dejan huellas profundas: influyen en cómo nos percibimos y en cómo nos vinculamos con los demás.
Tomar conciencia de esto nos permite mirarnos con mayor profundidad, resignificar lo vivido y descubrir nuestras fortalezas. Al mismo tiempo, nos abre a comprender al otro desde una perspectiva más amplia, sin reducirlo al malestar que pueda generarnos lo diferente en su forma de ser, de pensar o de actuar.
Desde este lugar, la diferencia deja de ser un obstáculo y puede convertirse en un punto de partida. Incluso, en el impulso para construir vínculos más profundos, donde ambos podamos crecer y potenciar nuestras cualidades.
A su vez, comprender o intentar ponernos en el lugar del otro nos permite ampliar nuestra perspectiva; sin embargo, esto no implica tolerar actitudes que consideramos incorrectas o que van en contra de nuestros valores. Por el contrario, en estas situaciones también es fundamental desarrollar el coraje necesario para expresar lo que sentimos y pensamos, y establecer límites de manera clara y respetuosa.
Esta actitud se vincula profundamente con el respeto a la dignidad de la vida, tanto la propia como la del otro. Por eso, es fundamental transformar nuestra vida desde lo más profundo. En este sentido, el maestro Ikeda expresa:
«Es importante respetar la personalidad de cada uno con suma seriedad y enfocarnos siempre en cambiar nosotros mismos. Es ridículo despreciar o criticar a otros si uno mismo no está haciendo nada por mejorar como persona». [1]
La teoría del apego y la construcción de relaciones saludables
El psiquiatra y creador de la corriente de la Psicología Social Enrique Pichon Rivière sostiene que el sujeto se constituye en la interacción con otros —personas, experiencias o representaciones—, y que en cada vínculo se actualiza una historia previa. Según su teoría: «El vínculo es un concepto instrumental en Psicología Social que toma una determinada estructura y que es manejable operacionalmente. El vínculo es siempre un vínculo social, aunque sea con una persona; a través de la relación con esa persona se repite una historia de vínculos determinados en un tiempo y en espacios determinados». [2]
En la misma línea, la «teoría del apego» de John Bowlby destaca la importancia de los vínculos tempranos en el desarrollo psicológico. Desde la infancia construimos modos de relacionarnos que influyen en nuestros vínculos posteriores, aunque no los determinan de manera definitiva.
En la infancia desarrollamos distintos modos de vincularnos, a los que el autor llama «apego». Según este marco referencial, configuran el modo en que nos relacionamos con las demás personas. Estos primeros lazos funcionan como modelos internos, pero pueden transformarse a lo largo de la vida. Comprenderlos nos permite desarrollar relaciones más saludables y conscientes.
Esto significa que los primeros vínculos que establecemos los seres humanos funcionan como modelos internos que influyen en nuestras relaciones posteriores, aunque pueden ser modificados y resignificados a lo largo de la vida.
A su vez, esta base segura —como menciona el autor— es lo que posibilita el desarrollo saludable de la personalidad. Asimismo, refiere que «cuando un individuo (de cualquier edad) se siente seguro, es probable que explore lejos de su figura de apego. Cuando está alarmado, ansioso, cansado o enfermo, siente la necesidad de la proximidad». [3] Es decir, Bowlby señala que, cuando una persona se siente segura, puede explorar el mundo con mayor libertad; mientras que, en situaciones de inseguridad o angustia, busca proximidad y contención. De este modo, los vínculos también son la base de nuestra autonomía.
Tres formas de apego en la infancia
Por otro lado, Bowlby diferencia el apego de tres maneras: el apego «seguro» se caracteriza por la confianza del niño en que sus cuidadores serán accesibles y estarán disponibles cuando los necesite, lo que le permite explorar el mundo con mayor seguridad. En cambio, el apego «ansioso» refleja la incertidumbre del infante respecto a la disponibilidad del cuidador, generando ansiedad ante la separación y tendencia a aferrarse a él. Por último, el apego «ansioso-elusivo» aparece cuando el niño espera ser rechazado, por lo que evita la cercanía emocional y tiende a desenvolverse sin depender del apoyo del otro.
Sin embargo, estas formas de apego no determinan de manera fija cómo nos relacionamos a lo largo de la vida. Más bien, funcionan como una guía que nos ayuda a comprender nuestros patrones de relación y a desarrollar vínculos interpersonales más saludables y asertivos.
En otras palabras, cultivar la empatía es fundamental. Implica una conexión afectiva y mental con el otro que, en primer lugar, enriquece nuestra propia vida. En su diálogo con Arnold J. Toynbee, el maestro Ikeda expresa:
«Para sentir el dolor de otra persona, hay que ser capaz de crear un lazo emotivo con la otra persona, identificándose con ella, poniéndose exactamente en su lugar… Las personas de escasa inteligencia son indiferentes al sufrimiento de otros seres». [4]
Crear un magnífico «recinto de la misericordia»
No ser indiferentes al sufrimiento ajeno no implica quedar a merced del otro. El budismo enseña la importancia de consolidar una fortaleza interior basada en la independencia profunda del individuo. Desde este estado, es posible relacionarnos de manera más libre, sin ser arrastrados por las circunstancias o por la influencia del entorno.
«Las enseñanzas budistas apuntan, como ideal, a establecer la independencia humana fundamental. A la independencia del individuo se le llama “estado de Budeidad”, y a su manifestación concreta en la conducta, basada en este amor altruista, se le denomina “estado de bodisatva". Aun cuando esta sociedad moderna sea excesivamente impersonal y racionalizada, sigue siendo inevitablemente nuestro entorno social. Por este motivo, el budismo enseña la importancia de establecer un núcleo independiente en nuestra vida, de tal manera que la sociedad impersonal no haga mella ni influya en nuestro estado de vida. Es posible —y hasta imperioso— expandir el campo de las relaciones humanas e individuales. En última instancia, para poder triunfar en este desafío, cada individuo debe construir una independencia realmente profunda y tenaz». [5]
¿Cómo consolidar este estado de vida? El budismo de Nichiren enseña que la práctica de entonar Nam-myoho-renge-kyo nos permite manifestar las máximas cualidades que residen en el interior del ser humano. Sin importar nuestro pasado, más allá de cualquier circunstancia que estemos atravesando, nuestras características individuales o los sufrimientos y desafíos con los que nos enfrentamos, sin falta cada persona, sin excepción, posee el potencial ilimitado de la Budeidad. Toda persona puede manifestar esta ilimitada condición de vida a través de la práctica cotidiana, que nos permite hacer surgir una fortaleza tan firme como una montaña, y la profunda tranquilidad de que cualquier escollo con el que nos encontremos podremos convertirlo en un valor positivo para nuestra vida gracias al poder de la fe. Este estado de vida nos permite vincularnos con las personas desde lo mejor de nosotros, y esta misma postura se ve reflejada como un espejo ante el que hacemos una reverencia: si nos relacionamos con los demás a partir de esa gran convicción en la dignidad de su vida y su inapreciable valor, esa misma cortesía y respeto será con la que los demás nos tratarán. Más que depender de los demás para construir nuestra felicidad, la práctica budista nos permite consolidar un estado de vida de ilimitada dicha y fortaleza, con el que abrazamos a todas las personas, tal cual son.
El maestro Ikeda también afirma: «Desde el punto de vista de nuestra postura frente a los demás, tener misericordia no implica mirar al otro de arriba abajo, con sentimiento de superioridad. Y no se trata de un vínculo vertical, sino de una forma horizontal de relacionarnos con el medio. La misericordia conlleva una cuota de empatía hacia los semejantes, de igual a igual, por pertenecer a un mismo lugar. Y se basa en el respeto. Por eso se lo llama el recinto de la misericordia. Invitamos a un amigo a un espacio vital misericordioso y lo abrazamos con calidez; nos sentamos en la misma sala y analizamos la vida como iguales. Conversamos y aprendemos el uno del otro como compañeros; juntos, tratamos de mejorar nuestra vida». [6]
Construir vínculos de valor implica animarnos a escuchar genuinamente al otro, sin temor a las diferencias. Implica comprender que, en cada encuentro —y especialmente en aquello que nos desafía—, tenemos una oportunidad de pulir nuestra propia vida.
Allí, en ese espacio de intercambio auténtico, se abre la posibilidad de un crecimiento verdaderamente humano.
CITAS
[1] IKEDA, Daisaku: Crónicas de un ideal, Buenos Aires: Azul Índigo, 2019, pág. 624.
[2] RIVIÉRE Pichón, Enrique: Teoría del vínculo, Buenos Aires: Nueva Visión, 1985, pág. 47.
[3] BOWLBY, John: Una base segura, Buenos Aires: Paidós, 2009, pág. 4 - 41.
[4] TOYNBEE, Arnold J e IKEDA, Daisaku: Elige la vida, Buenos Aires: Azul Índigo, 2016, pág. 431.
[5] Ib, pág 433.
[6] IKEDA, Daisaku: La sabiduría del Sutra del loto, Buenos Aires: Azul Índigo, 2018, pág. 113.








