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EL BUDISMO Y SU HISTORIA: La vida de Shakyamuni (Parte 5)

EL BUDISMO Y SU HISTORIA: La vida de Shakyamuni (Parte 5)

EL BUDISMO Y SU HISTORIA: La vida de Shakyamuni (Parte 5)

Humanismo Soka

martes, 19 de mayo de 2026

martes, 19 de mayo de 2026

En esta quinta parte de la sección «El budismo y su historia», continuamos recorriendo la expansión de las enseñanzas de Shakyamuni y el crecimiento de la comunidad budista en la India. A través de distintos episodios de su vida, estos fragmentos muestran la profundidad humanista de sus acciones, su manera de aliviar el sufrimiento de las personas y las persecuciones que enfrentó mientras propagaba el budismo. A continuación, compartimos un extracto del capítulo «El buda», de la novela La nueva revolución humana, volumen 3, escrita por Daisaku Ikeda.

En esta quinta parte de la sección «El budismo y su historia», continuamos recorriendo la expansión de las enseñanzas de Shakyamuni y el crecimiento de la comunidad budista en la India. A través de distintos episodios de su vida, estos fragmentos muestran la profundidad humanista de sus acciones, su manera de aliviar el sufrimiento de las personas y las persecuciones que enfrentó mientras propagaba el budismo. A continuación, compartimos un extracto del capítulo «El buda», de la novela La nueva revolución humana, volumen 3, escrita por Daisaku Ikeda.

En esta quinta parte de la sección «El budismo y su historia», continuamos recorriendo la expansión de las enseñanzas de Shakyamuni y el crecimiento de la comunidad budista en la India. A través de distintos episodios de su vida, estos fragmentos muestran la profundidad humanista de sus acciones, su manera de aliviar el sufrimiento de las personas y las persecuciones que enfrentó mientras propagaba el budismo. A continuación, compartimos un extracto del capítulo «El buda», de la novela La nueva revolución humana, volumen 3, escrita por Daisaku Ikeda.

Los doscientos cincuenta seguidores de Sanjaya se unieron a Shariputra y Maudgalyayana, y se convirtieron en discípulos de Shakyamuni.

Ni el título ni la posición inspiran lealtad; solo pueden hacerlo la verdadera capacidad y la personalidad.

La noticia de la conversión masiva causó sensación en Rajagriha. Las personas comenzaron a preocuparse: ¡tantos jóvenes brillantes congregándose alrededor de Shakyamuni!

Murmuraban: «Ya se llevó a todos los discípulos de Sanjaya. Ahora, ¿a quién pretenderá llevarse?».

Shakyamuni escuchó los rumores y expresó así su pensamiento:

–Estoy convirtiendo a la gente a mi enseñanza, que se basa en la Ley de la vida. ¡Cuán ridículo es estar celoso de alguien que conoce y predica el camino de la razón conocido como la Ley!

Él no propagaba para incrementar su poder o su influencia, ni atraía a los jóvenes con medios poco honorables. Todos ellos se habían acercado y habían jurado abrazar el budismo, porque sentían afinidad con la gran sensatez y la lógica de la enseñanza que exponía. La crítica nacía del error de quienes ignoraban esa realidad.

Shakyamuni se dirigió a sus discípulos con calma.

–Esas críticas pronto desaparecerán.

Y de hecho, así ocurrió. Durante su prédica en Rajagriha y los alrededores, se unieron a la comunidad budista muchos de los que más tarde se destacarían. Uno de ellos, Mahakashyapa, ocupó un lugar entre los diez principales discípulos y llegó a ser conocido como «el principal en práctica ascética». [1] También el adinerado Sudatta, oriundo de Shravasti, en el vecino reino de Kosala, se encontró con Shakyamuni en Rajagriha y se convirtió en uno de sus seguidores.

El hombre era rico, pero misericordioso por naturaleza. Donaba comida y ropa a los huérfanos, a los pobres y a los desamparados. Esto le ganó el nombre de Anathapindata («El que ayuda a los necesitados»). Más tarde, construyó y ofrendó el Monasterio Jetavana, situado en un pequeño bosque cerca de Shravasti.

Kosala, junto con Magadha, era uno de los reinos más poderosos de aquella época. La capital, Shravasti, era un importante centro comercial del norte de la India y se hallaba en la confluencia de los principales caminos. La construcción del monasterio cerca de ese lugar, contribuyó de modo significativo a la propagación del budismo.

Se dice que Shakyamuni pasó allí más de veinte estaciones de lluvias.

Finalmente, el rey Prasenajit de Kosala también abrazó la fe en la Ley budista.



La ciudad natal de Shakyamuni, Kapilavastu, estaba en el camino que unía Rajagriha con Shravasti, y él pasó por allí en muchas oportunidades para propagar sus enseñanzas.

El rey Shuddhodana, su padre, habrá estado sin duda muy complacido con la visita de ese hijo que, fiel a su palabra, había logrado una profunda iluminación y se había convertido en buda.

En Kapilavastu, como en otros lugares, muchas personas se convirtieron a la fe budista cuando lo escucharon predicar la Ley. Entre ellas estuvieron su padre, su hijo Rahula, su medio hermano menor Nanda, sus primos Ananda, Aniruddha y Devadatta, y un peluquero llamado Upali.

Shakyamuni jamás asumió una actitud arrogante. Conocía perfectamente el corazón humano y, dondequiera que predicaba, exponía la Ley con gran flexibilidad y libertad para que sus palabras se pusieran al alcance de quienes lo escuchaban.

Cierto día, mientras estaba en Shravasti, se encontró, con una madre, a quien se le había muerto su amado hijo; con el pequeño cadáver apretado contra el pecho, la mujer desvariaba en un aturdimiento desconsolado. 

–Por favor, déme alguna medicina para salvar a mi bebé– le imploró con los ojos enrojecidos por el llanto.

Conmovido por el dolor de la mujer, le dijo:

–Está bien, prepararé una medicina para ti. Por favor, ve a la ciudad y tráeme algunas semillas de amapola.

Los ojos de la madre brillaron esperanzados.

–Pero –advirtió Shakyamuni– debes recoger esas semillas en una casa donde no haya habido jamás una muerte en la familia.

La mujer se alejó presurosa. Llamó a la puerta de cada hogar; pero aunque en algunos tenían las semillas, no había una sola casa en la que jamás hubiera habido una muerte. Poco a poco, se dio cuenta de que todas las familias llevaban, en un rincón del corazón, la silenciosa tristeza que deja la pérdida de un ser amado. Esa experiencia sirvió para transmitirle la transitoriedad de la vida y así comprendió que no estaba sola en su pesadumbre.

Se convirtió en discípula de Shakyamuni y llegó incluso a ser reverenciada por su sabiduría.

Hubiera sido imposible consolar a esa mujer, casi loca de pena, con palabras comunes de aliento. Shakyamuni era consciente de ello y, por eso, había prescrito la extraña receta. Era un brillante «médico de la vida», capaz de reanimar los corazones heridos y golpeados.



Uno de los discípulos de Shakyamuni era propenso a formular preguntas filosóficas abstractas, como «¿El mundo es infinito o finito?» o «¿El espíritu y el cuerpo físico son una entidad única o están separados?».

Shakyamuni no prestaba atención a tales planteos, porque sabía muy bien que los problemas de la vida no podían solucionarse mediante especulaciones filosóficas divorciadas de la realidad cotidiana. Esta actitud irritaba al discípulo, quien gustaba de la discusión intelectual. Cierto día, se puso de pie y expresó su insatisfacción.

–Honrado por el Mundo, si persistes en no responder a mis preguntas, abandonaré la Orden.

Tratando de guiar a su discípulo, Shakyamuni dijo:

–Hubo una vez un hombre que agonizaba, pues había sido alcanzado por una flecha envenenada. Sus amigos y seres queridos corrieron a su lado e intentaron quitar la flecha y curar la herida, pero el hombre se los impidió. Quería saber, quién había lanzado la flecha cuál era su nombre y cómo era. Insistió en que nadie tocara su cuerpo ni le administrara medicina alguna hasta que esas preguntas fueran contestadas. Luego siguió preguntando: qué clase de flecha era, de qué estaba hecha… hasta que finalmente murió.

«También tú, sin duda morirás sin haber logrado nada, exclamando, hasta tu último aliento, que no continuarás la práctica, a menos que sepas si el mundo es finito o infinito.

Empleó esa parábola de la flecha envenenada para demostrar la insensatez de estar obsesionado con especulaciones abstractas. Al hacerlo, expresó lúcidamente el espíritu esencial del budismo: la misericordia hacia los demás y el compromiso de liberarlos del sufrimiento y darles felicidad están por encima de la teoría. Las diversas parábolas y las hábiles comparaciones que empleó Shakyamuni en sus sermones estaban ingeniosamente concebidas para permitir a su audiencia comprender con mayor facilidad sus enseñanzas.

Observaba con interés los problemas y sufrimientos de sus amigos, y hacía todo lo que podía para ofrecerles ayuda, brindando a veces detallados consejos personales.

Un día, lo visitó el rey Prasenajit de Kosala, renombrado por sus gustos epicúreos y su apetito realmente sorprendente. Era tan grande y obeso que parecía a punto de estallar. Shakyamuni lo obsequió con el siguiente poema:

«Los que son siempre cuidadosos

y observan moderación cuando comen

sufrirán poco y envejecerán lentamente,

prolongando, así, la vida». [2]

A partir de ese momento, el Rey tuvo un asistente que le recitaba esas palabras antes de cada comida. Había escuchado la advertencia. Adelgazó y recobró su salud y vitalidad.

Se cree que Shakyamuni era también un excelente poeta, que alentaba a sus amigos dedicándoles versos.



Continuará…




CITAS

1 Práctica ascética: En esta instancia, «práctica ascética» se refiere a la práctica de dhuta, o los preceptos ascéticos leves para purificar el cuerpo y la mente y erradicar el deseo de alimento, vestimenta y refugio. Mahakashyapa era particularmente diligente en la observancia de esta práctica.

Budda: Kamigami to no taiwa –San'yutta-Nikaya I, (Buda: diálogo con los dioses) traducción de Hajime Nakamura, Iwanami Shoten, Tokio 1986, pág. 182, conf. The Book of Kin dred Sayings (Sanyutta-Nikaya) or Grouped Suttas, Part I. Kindred Sayings with Verses (Sagatha-Vagga), traducido por Ryhs Davids, Pali Text Society, Ox ford, 1993, pág. 108.



© Humanismo Soka - 2024

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