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¿También te cuesta sostener el ejercicio? Sobre la motivación y la disciplina | SALUD

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Humanismo Soka

miércoles, 15 de abril de 2026

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Cuando tenemos hambre o necesitamos dormir, respondemos de manera casi automática. Sin embargo, hacer ejercicio suele implicar algo distinto: una negociación interna.

Cuando tenemos hambre o necesitamos dormir, respondemos de manera casi automática. Sin embargo, hacer ejercicio suele implicar algo distinto: una negociación interna.

Cuando tenemos hambre o necesitamos dormir, respondemos de manera casi automática. Sin embargo, hacer ejercicio suele implicar algo distinto: una negociación interna.

A lo largo de la historia, el movimiento fue parte esencial de la vida humana. En la prehistoria, ejercitar el cuerpo no era una elección, sino una necesidad ligada a la supervivencia: cazar, recolectar, huir o defenderse. En un contexto de escasez, el organismo aprendió a administrar la energía con eficiencia, acumulándola cuando era posible y evitando gastos innecesarios.

Con el tiempo, y especialmente a partir del desarrollo de la agricultura, las prácticas físicas comenzaron a adquirir otros sentidos: lo lúdico, lo social, lo ritual. Más adelante, en las primeras civilizaciones, el entrenamiento físico se vinculó al ámbito militar. En la antigua Grecia, por ejemplo, los jóvenes se formaban en disciplinas atléticas desde temprana edad, como parte de su preparación integral.

Hoy, el ejercicio forma parte de la educación, la recreación y el cuidado de la salud. Sin embargo, persiste una pregunta muy actual: ¿por qué nos cuesta tanto sostenerlo?

Lejos de ser una cuestión de «flojera», la respuesta tiene raíces biológicas. A lo largo de la evolución, los seres humanos desarrollamos una tendencia a evitar esfuerzos innecesarios. Como explica Daniel E. Lieberman, profesor de la Universidad de Harvard: «Le pedimos a la gente que haga algo que es inherentemente anormal. Evolucionamos para movernos cuando es necesario, no para realizar actividad física voluntaria con el fin de mejorar nuestra salud». [1]

En este sentido, hacer ejercicio por decisión propia puede percibirse, desde una lógica evolutiva, como algo «innecesario». Ese mismo instinto que nos ayudó a sobrevivir, hoy puede volverse un obstáculo. A diferencia del hambre o el sueño, no contamos con una «alarma» natural que nos advierta sobre el sedentarismo.

¿Cómo transformar entonces esta dificultad en una oportunidad?

Desde una mirada práctica y comprensiva, algunas claves pueden ayudarnos:

Aceptar la resistencia sin juzgarnos
Sentir pereza o falta de motivación es completamente normal. Incluso quienes disfrutan del ejercicio atraviesan esa resistencia. En lugar de castigarnos, podemos reconocer ese impulso y decidir, conscientemente, dar un pequeño paso más allá.

Encontrar disfrute en el movimiento
El movimiento humano siempre estuvo ligado a lo social y lo lúdico: bailar, jugar, compartir. Incorporar actividades que resulten placenteras o realizarlas en grupo puede ser una fuente poderosa de motivación.

Empezar de a poco
No es necesario proponerse metas extremas. Lejos de los ideales de rendimiento constante, pequeñas acciones cotidianas —caminar, subir escaleras, estirarse— ya generan un impacto positivo.

Existe, además, un aspecto fundamental: el cuerpo responde al movimiento de manera profunda. Los músculos funcionan como un verdadero órgano endocrino, liberando miles de moléculas que influyen en nuestro bienestar general. Movernos no solo transforma el cuerpo, sino también nuestro estado emocional y mental.

Por el contrario, la inactividad sostenida conduce al deterioro progresivo. Por eso, cada movimiento cuenta. Cada paso, por pequeño que sea, es una forma de cuidar la vida.

Más que una cuestión de disciplina rígida, sostener el ejercicio puede convertirse en un acto de autoconocimiento y respeto por uno mismo. Dar ese primer paso —aunque sea mínimo— es, en definitiva, una decisión que impacta directamente en nuestra calidad de vida y en la forma en que elegimos habitar cada día.


Establecer un ritmo de vida saludable

En una escena de su novela La nueva revolución humana, el maestro Ikeda, bajo el pseudónimo de Shin’ichi Yamamoto, comparte una orientación brindada a un integrante del Departamento de Señores que sufría un problema de salud:


Shin’ichi dijo: 

—El capítulo «Duración de la vida» (16.°) del Sutra del loto enseña el principio de prolongar la vida a través de la fe. En otras palabras, a través de nuestra práctica budista podemos extender el término de nuestra existencia. Si continuamos esforzándonos con firme fe en la Ley Mística [Nam-myoho-renge-kyo], no hay enfermedad que no podamos superar. ¡Por favor, ora continuamente y construye una vida larga y sana!

»A la hora de discurrir sobre los orígenes de la enfermedad, el Daishonin cita un pasaje de Gran concentración e introspección de T’ien-t’ai, que dice: “Hay seis causas de enfermedad: 1) desarmonía en los cuatro elementos; 2) malos hábitos referidos a la alimentación y a la bebida; 3) forma incorrecta de realizar la meditación en posición sentada; 4) ataque de las funciones demoníacas; 5) labor de las funciones diabólicas, y 6) efecto del karma”.

»Observemos estos puntos con mayor detalle.

»En primer lugar, se enuncia como causa la «desarmonía en los cuatro elementos». Estos son tierra, agua, fuego y viento. Según el pensamiento oriental clásico, la naturaleza y todo lo que existe en el universo, incluido el cuerpo humano, está formado de estos cuatro elementos. La desarmonía de estos cuatro componentes se refiere a condiciones climáticas fuera de orden y a otras perturbaciones del mundo natural, que tienen fuerte influencia en el cuerpo humano y pueden ocasionar distintas dolencias.

»La segunda y la tercera causa de enfermedad —malos hábitos referidos a la alimentación y a la bebida; y forma incorrecta de realizar la meditación en posición sentada— se refieren a descontrol o a desórdenes alimentarios y a otros aspectos del ritmo de vida cotidiano. Cuando el ritmo de vida se altera, también se resiente la manera de alimentarnos. La falta de sueño y de ejercicio puede afectar los órganos internos, los músculos y el sistema nervioso.

»Los “demonios” que menciona el cuarto punto —el ataque de las funciones demoníacas— indican causas externas. Por ejemplo, microorganismos como las bacterias y los virus, y también a ciertas tensiones que experimentamos en nuestras circunstancias cotidianas.

»El quinto factor, “labor de las funciones diabólicas”, indican impulsos y deseos internos que perturban el sano funcionamiento de la mente y el cuerpo. Las afecciones que nos impiden practicar el budismo también se originan en estos procesos de negatividad.

»El sexto, el “efecto del karma”, se refiere a causas que derivan del plano más profundo de nuestra vida. Esto alude a las enfermedades que provienen de distorsiones o de tendencias muy profundamente arraigadas en nuestra vida. El budismo considera que estas tendencias se relacionan con el karma.

»Aunque la procedencia de las enfermedades se divide en estas seis categorías, muchas dolencias reconocen dos o más causas simultáneas. Por ejemplo, la gripe es causada por un virus. Esto correspondería a un “ataque de las funciones demoníacas”. Sin embargo, el contagio puede verse disparado por alguna inclemencia del tiempo; es decir, por una “desarmonía en los cuatro elementos”. Además, la gravedad del cuadro puede verse afectada por el mal estado general de salud provocado por desarreglos en el estilo de vida —malos hábitos referidos a la alimentación y a la bebida—. Las funciones negativas que operan en lo profundo de la vida también pueden obstruir o impedir la práctica budista [que fortalece la vitalidad para la curación], y también pueden intervenir factores kármicos de importancia en la evolución de una enfermedad. 

Shin’ichi siguió explicando minuciosamente las seis causas de enfermedad desde la perspectiva de los escritos del Daishonin: 

—En resumidas cuentas, uno de los primeros pasos para evitar las enfermedades es tomar recaudos a la hora de vestirnos correctamente según las condiciones meteorológicas. También es fundamental tener una vida equilibrada, no comer ni beber en exceso, asegurarnos de dormir lo suficiente y de hacer ejercicio físico.

»De esta manera podemos evitar las primeras tres causas de enfermedad. La fe significa emplear sabiduría para prevenir el deterioro de nuestra salud. Y con la ayuda de la ciencia médica, también podemos prevenir la cuarta causa, que involucra la acción de gérmenes y de agentes patógenos. Pero cualquiera sea la enfermedad, la rapidez con que podamos recuperarnos dependerá de nuestra fuerza vital. Y la fe existe para incrementar y fortalecer esa vitalidad. 

»Al mismo tiempo, si una enfermedad es causada por el karma o por la interferencia de funciones demoníacas, ni los mejores esfuerzos de parte de la medicina pueden, por sí solos, producir la curación. En estos casos, solo mediante la fe en el Gohonzon podemos vencer estas funciones demoníacas en nuestra vida y transformar nuestro karma. [2]


Consolidar una decisión de crear la salud cada día

Es claro que no siempre tendremos ganas de hacer ejercicio, alimentarnos con medida o irnos a dormir temprano para descansar. Pero, a través de la práctica cotidiana del daimoku, podemos establecer un vibrante ritmo de vida saludable, que nos llenará de fuerza vital y alegría. Esa salud, que nos permite crear valor positivo momento a momento, también nos permite fortalecernos día a día en cada aspecto. Gracias a fortalecer nuestra fe, podemos entrenar nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro corazón. Por lo tanto, no se trata de ser exigentes en extremo con cumplir todo a la perfección: lo esencial es consolidar una decisión interna de vivir con sabiduría para manifestar una gran felicidad en nuestra vida y también aportar a la dicha de los demás.

 

CITAS

[1] Véase: The Harvard Gazette, entrevista a Daniel E. Lieberman «¿Para qué correr a menos que algo te persiga?», Juan Siliezar, 4 de enero de 2021:

https://news.harvard.edu/gazette/story/2021/01/daniel-lieberman-busts-exercising-myths/ 

[2] IKEDA, Daisaku: La nueva revolución humana, Buenos Aires: Azul índigo, 2016, vol. 10, texto adaptado del capítulo «La corona de laureles».



© Humanismo Soka - 2024

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