Humanismo Soka
Mi maestro de vida, Josei Toda, fue un hombre de gran personalidad. He recibido numerosas cartas de jóvenes del Departamento de Estudiantes y de Mirai Hombu preguntándome qué clase de persona fue el segundo presidente de la Soka Gakkai.
Hoy, más temprano, me senté a escribir algunas reflexiones sobre mi mentor así como venían a mi mente. Quisiera compartirlas con ustedes, con la esperanza de que les permitan apreciar mejor la personalidad del maestro Toda.
Era un hombre estricto.
Pero un maestro de vida lleno de afecto.
Era resuelto y sagaz.
De gran amplitud mental.
Apasionado.
Inteligente.
Se indignaba ante la injusticia y la arrogancia.
Se conmovía fácilmente hasta las lágrimas.
Identificaba claramente la esencia de las cosas y de los hechos.
Era un matemático brillante.
Tenía una fe y una convicción inamovibles.
Protegía y defendía la Ley con absoluta lealtad.
Tenía un temple riguroso como la escarcha del otoño.
Pero su sonrisa era siempre como la brisa primaveral.
Solía sonreír y ofrecerle al otro una copa de sake.
Tenía un porte majestuoso e irradiaba excelencia a cada instante.
Era, invariablemente, un aliado del pueblo.
Nunca olvidaba a los que se debatían con los sufrimientos de la vida y la muerte.
Siempre escuchaba con sinceridad los problemas y las aflicciones de la gente.
Era, al mismo tiempo, optimista y pesimista.
Luchaba con todo su ser contra el mal y la falsedad.
Era capaz de discernir enseguida la naturaleza esencial y las cualidades de las personas.
Era un experto en ayudar a la gente a expresar su potencial más elevado.
Un valiente propulsor del ideal postulado por el Daishonin:
«establecer la enseñanza correcta para asegurar la paz en la tierra».
Lloraba por los pobres.
Su vida, en cierto sentido, fue una serie interminable de luchas extremas.
La felicidad y la alegría de los demás lo llenaban de gozo.
Detestaba, sobre todas las cosas, que lo llamaran el fundador de una religión.
Se enorgullecía de ser una persona común, un hombre de gran fe.
Amaba al pueblo en todas las circunstancias.
Se esforzaba por comprender el mundo interior de cada persona.
Era minucioso y estaba siempre alerta.
Se destacaba por su gran corazón, y su actitud libre y sin prejuicios.
Era estricto al capacitar a sus discípulos.
Pero era capaz de dar la vida por ellos.
Hombre de inmensa pasión, siempre vivió con genuina capacidad intelectual y auténtica sabiduría. [1]
CITAS
[1] IKEDA, Daisaku: La sabiduría para ser feliz y crear la paz, Buenos Aires: Azul índigo, 2020, vol. 3, pág. 257.









