
Humanismo Soka
Cuando la vida nos pone a prueba
Toda vida humana atraviesa momentos en los que el camino parece volverse difícil. A veces se presentan problemas inesperados, conflictos con otras personas o situaciones que ponen a prueba nuestra salud, nuestras relaciones o nuestras esperanzas para el futuro. En esos instantes, muchas personas sienten que las circunstancias son demasiado grandes para enfrentarlas o que el destino ya está decidido de antemano.
Sin embargo, la historia de muchas personas demuestra que el curso de la vida no está fijado de manera absoluta. Incluso cuando las condiciones parecen adversas, siempre existe la posibilidad de abrir un nuevo rumbo. La clave para hacerlo no se encuentra en las circunstancias externas, sino en la actitud interior con la que cada persona decide enfrentarlas.
Cuando alguien se levanta con la determinación de no rendirse, de buscar una salida y de seguir avanzando paso a paso, comienza a descubrir una fuerza que antes no sabía que poseía. Esa fuerza interior es la que permite convertir los obstáculos en oportunidades de crecimiento y transformar las dificultades en puntos de partida hacia un futuro diferente.
La fe que despierta la fuerza interior
El budismo de Nichiren Daishonin enseña que cada ser humano posee un potencial ilimitado para transformar su vida. Ese potencial se manifiesta plenamente cuando la persona despierta una fe profunda en la dignidad de su propia existencia.
Desde esta perspectiva, la fe no es simplemente una creencia abstracta. Es una energía viva que impulsa a actuar, a perseverar y a continuar avanzando incluso cuando las circunstancias parecen desfavorables. Es la convicción de que la vida posee una capacidad infinita para renovarse y superar cualquier limitación.
En ese sentido, el maestro Ikeda explica:
«La fe es la fuente de la victoria en todas las cosas. Es la base de nuestra práctica budista, para la felicidad propia y ajena. Es la clave para llevar a cabo la revolución humana y transformar nuestro karma. Es la filosa espada para rebanar los obstáculos y la negatividad. Es la fuerza motriz del kosen-rufu y el motor para lograr la paz y la prosperidad duraderas, basadas en los principios humanísticos del budismo de Nichiren Daishonin». [1]
Estas palabras muestran con claridad que la fe constituye una fuente profunda de fortaleza interior. Cuando una persona cultiva esa convicción con sinceridad, comienza a ver las dificultades de una manera distinta. Lo que antes parecía un muro infranqueable se convierte en un desafío que puede ser superado mediante el esfuerzo, la sabiduría y la perseverancia.
El «espíritu pionero»
A lo largo de la historia, muchas personas han demostrado este principio mediante sus propias experiencias. No se trataba de figuras extraordinarias que poseían condiciones especiales desde el comienzo. Eran hombres y mujeres comunes que, enfrentados a diversas dificultades, decidieron confiar en el potencial de su vida y avanzar con valentía.
Ese espíritu es lo que se conoce como el espíritu pionero. Un pionero no es simplemente alguien que llega primero a un lugar nuevo. Es alguien que abre un camino allí donde antes parecía no existir. Lo hace con su determinación, con su esfuerzo constante y con la convicción de que cada paso dado desde la fe puede transformar la realidad.
El capítulo «Los pioneros» del volumen 1 de La nueva revolución humana reúne diversas experiencias que reflejan esa actitud de valentía y confianza en la vida. A través de ellas se puede percibir cómo la fe se convierte en una fuente de coraje y esperanza capaz de iluminar incluso los momentos más difíciles.
Al conocer esas historias, podemos descubrir que el espíritu pionero no pertenece solo a algunas personas excepcionales. Es una cualidad que puede despertar en cualquier persona que decida creer en su propio potencial y avanzar, paso a paso, hacia la construcción de una vida plena y significativa con la misión de concretar la felicidad propia y la de los demás. ¡Compartamos juntos!
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Entre los miembros de Los Ángeles había una mujer llamada Kazuko Ellick. Era una enfermera que había abrazado la fe en el budismo de Nichiren Daishonin en Japón, en agosto de 1954, inspirada por el hecho de que su madre había vencido la parálisis mediante la fe.
Al año siguiente, un norteamericano que trabajaba para la radiodifusora de las fuerzas armadas estadounidenses en Japón le había propuesto matrimonio, y ella había aceptado. Sin embargo, la madre de éste se había opuesto violentamente al casamiento. Imposibilitada de volcar su ira hacia el Japón, enemigo de Norteamérica durante la guerra, le había escrito una carta a Kazuko en la que le decía: «¡Mi hijo no se casará con una japonesa!».
Pero Kazuko no permitiría que la mujer le ganara. «¡Cállese la boca, yanqui! ¡No me diga qué tengo que hacer!». La guerra entre Japón y Estados Unidos continuaba aún ferozmente entre esta novia japonesa y su futura suegra norteamericana.
Entretanto, el marido de Kazuko había completado el papeleo para el casamiento y había regresado solo a los Estados Unidos, a esperar que las autoridades de inmigración otorgaran permiso a su esposa para que se le uniera allí. Pero entonces se supo que ella tenía tuberculosis, enfermedad considerada en aquellos días como incurable. Y su solicitud de ingreso a los Estados Unidos había sido denegada.
Como enfermera, Kazuko era muy consciente de cuán serio podía ser esa enfermedad. Sintió que el mundo a su alrededor se había oscurecido de repente, pero aún así había rehusado admitir la derrota. «Tengo fe», había pensado; y se había dedicado a la práctica con todas sus fuerzas, enérgicamente, haciendo conocer el budismo del Daishonin a otras personas y alentando a sus compañeros miembros.
Kazuko y su suegra habían continuado por algún tiempo con sus agresiones epistolares sin sentido, pero cuando esta última supo que Kazuko era enfermera, su actitud cambió de repente: ella también había sido enfermera durante muchos años.
Entonces, le había escrito: «Por favor, mejórate y ven a Norteamérica tan pronto como sea posible». Había abierto el corazón y le había dado su bendición para el casamiento. Al leer la carta, Kazuko había llorado, mientras brotaba en su interior una profunda gratitud por el gran beneficio del Gohonzon.

Se había ido recuperando, día tras día. Una vez presentados los papeles para trasladarse a los Estados Unidos, había ingresado en el hospital militar norteamericano en la prefectura de Kanagawa para hacerse exámenes. Aunque su condición había mejorado notablemente, todavía no estaba curada por completo. Desde Kanagawa, un avión militar la había llevado vía Hawai, a San Francisco, para su internación en un hospital suburbano.
Su recuperación en ese lugar había sido el último obstáculo para comenzar su nueva vida en Norteamérica.
El doctor le había informado a Kazuko que tendría que permanecer en el hospital durante un mes; el costo estimado era de quinientos dólares. Pero ella solo tenía ciento cincuenta. Su esposo, que había regresado antes a los Estados Unidos, estaba en una situación financiera difícil y el dinero que ella había traído consigo se suponía que eran ahorros preciosos para el comienzo de una nueva vida juntos. «No puedo pagar una estadía por tanto tiempo. ¡Con la fe, voy a recobrarme en una semana, no importa cómo!», se había dicho.
Estando en la sala de enfermos, Kazuko había invocado con poderosa determinación; y también había decidido enseñar a las personas del hospital acerca de su fe. Pero no hablaba inglés. Con la ayuda de un diccionario, había anotado en tarjetas palabras que podían ser útiles en sus esfuerzos de propagación. Había salido intrépidamente al jardín y, de repente, con un laborioso acento inglés, había exclamado:
—¡Escuchen!
Todas las personas que se encontraban allí habían vuelto la mirada hacia ella con abierta sorpresa. Ella había continuado:
—¡Nam-myoho-renge-kyo, número uno! ¡Si quieren ir a casa, digan Nam-myoho-renge-kyo!

No había sentido vergüenza ni turbación por lo que pudieran pensar. No había pensado en el sentido común o el decoro social al que todos los miembros de la Soka Gakkai deben prestar atención. Su única preocupación era curarse rápidamente y salir del hospital. Después de hacer su declaración, había regresado a su habitación animada y había comenzado a invocar desesperadamente. Su oración fue: «Gohonzon, ¿estás escuchando? Acabo de sembrar la semilla de la Budeidad en la vida de cuarenta o cincuenta personas. Me estoy esforzando en mi práctica budista con todas mis fuerzas. Lo sabes, ¿no es así? Por lo tanto, por favor, promete que definitivamente podré salir del hospital en una semana. Y, a propósito, solo tengo ciento cincuenta dólares. Por favor, que la factura no supere los ciento veinticinco. Necesito los otros veinticinco para alquilar una habitación, cuando me den el alta».
Ella le hacía este planteamiento al Gohonzon con mucha seriedad. Cada día se dedicaba, de la mañana a la noche, a invocar daimoku y a su inusual estilo de propagación.
Después de la primera semana en el hospital, recibió los resultados de sus exámenes. Fue tal como lo había decidido. Iba a ser dada de alta. Había bailado de alegría. Y la factura del hospital fue exactamente de ciento veinticinco dólares.
Mientras abandonaba el lugar con su marido, que había ido a buscarla, las personas del hospital se asomaban a las ventanas y la llamaban. Kazuko se volvía y saludaba enérgicamente, mientras exclamaba:
—¡Hola! ¡Hola!
De las ventanas del hospital provenía el clamor de las personas que querían conocer la «palabra mágica» de Kazuko Ellick.
—Muy bien. Muy bien.

Se había vuelto para escribir en inglés Nam-myoho-renge-kyo en trozos de papel, y había recorrido cada sala para entregárselo a la gente, mientras enfatizaba:
—Speak; go home.
Lo que quería decir con esto era: «Si invocan esta frase, podrán volver a casa». Nadie podía decir si su mensaje había sido comprendido. En cualquier caso, sus oraciones habían sido contestadas, y Kazuko pudo entonces caminar libremente sobre suelo norteamericano. Con esa experiencia como fuente de inspiración y con el mismo entusiasmo, se había lanzado a las actividades en Los Ángeles. [2]
CITAS
[1] IKEDA, Daisaku: Aprendamos del Gosho, Buenos Aires: Azul Índigo, 2018, vol. 3, pág. 51.
[2] IKEDA, Daisaku: La nueva revolución humana, Buenos Aires: Azul Índigo, 2019, vol. 1, pág. 233.








