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¡Cultivar la juventud! 6. ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? | «El banquete» de Platón

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Humanismo Soka

jueves, 29 de enero de 2026

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En El banquete, Platón propone una reflexión sobre el amor que atraviesa los siglos. Leída desde la filosofía budista, la obra nos interpela hoy como una invitación a vivir el amor —experiencia trascendental para todas las personas— como fuerza de transformación interior.

En El banquete, Platón propone una reflexión sobre el amor que atraviesa los siglos. Leída desde la filosofía budista, la obra nos interpela hoy como una invitación a vivir el amor —experiencia trascendental para todas las personas— como fuerza de transformación interior.

En El banquete, Platón propone una reflexión sobre el amor que atraviesa los siglos. Leída desde la filosofía budista, la obra nos interpela hoy como una invitación a vivir el amor —experiencia trascendental para todas las personas— como fuerza de transformación interior.

Un diálogo sobre el amor

El Banquete se sitúa en Atenas, en el año 416 a. C., durante una celebración en la casa del poeta trágico Agatón, quien festeja su primera victoria teatral. Tras decidir beber con moderación, los invitados —un escritor de tragedias, un escritor de comedias, un poeta, un médico, un político y un filósofo— acuerdan pronunciar, uno por uno, discursos en elogio de Eros, el dios del amor.

Platón construye así una obra coral: no ofrece una definición única del amor, sino una sucesión de miradas que van desde lo poético y lo mítico hasta lo médico y lo filosófico. El resultado es un texto en el que literatura y pensamiento se entrelazan para pensar el amor como una experiencia decisiva, capaz tanto de elevar la vida humana como de desviarla de su rumbo más profundo.


Fedro: el amor como fuerza que ennoblece la vida

El primer discurso está a cargo del poeta Fedro, y no es casual. Pareciera que Platón sugiriera que la primera aproximación al amor corresponde a la poesía como experiencia intensa y vital. Fedro afirma que «Eros es, de entre los dioses, el más antiguo, el más venerable y el más eficaz para asistir a los hombres, vivos y muertos, en la adquisición de virtud y felicidad» [1]. 

Según su visión, el amor despierta en las personas el deseo de vivir noblemente. Amar implica querer ser mejor: actuar con valentía, dignidad y entrega para estar a la altura del ser amado o para conservar su compañía. Por eso sostiene que el amor es «lo que, en efecto, debe guiar durante toda su vida a los hombres que tengan la intención de vivir noblemente» [2].

Esta concepción dialoga profundamente con la idea de revolución humana propuesta por el maestro Ikeda. Desde la perspectiva del budismo de Nichiren, el cambio más decisivo no es externo, sino interior: comienza cuando una persona despierta su potencial y decide vivir de manera valiosa para sí y para los demás. En ese sentido, el amor auténtico no es una emoción que nos rapte con su intensidad, sino como señala el maestro Ikeda: «el amor debe ser un ímpetu positivo y una fuerza que nos empuje a vivir con valentía y fortaleza» [3].


Aristófanes: la búsqueda de la otra mitad y sus límites

El discurso de Aristófanes, otro de los oradores de El Banquete, introduce uno de los mitos más famosos de la tradición occidental: el mito del andrógino. Según su relato, los seres humanos eran originalmente completos, pero fueron divididos por Zeus; desde entonces, cada uno busca reencontrar su mitad perdida. «Amor es, en consecuencia, el nombre para el deseo y persecución de esta integridad» [4], afirma. De aquí surge la conocida idea de la «media naranja».

Aunque este relato resulta conmovedor y profundamente humano, el budismo propone una mirada diferente frente a la idea de que otro venga a «completarnos». Buscar en el amor una evasión de la propia vida o una dependencia afectiva puede convertirse en una fuente de sufrimiento y estancamiento.

El maestro Ikeda lo expresa con claridad cuando advierte:

«La felicidad no es algo que pueda darnos otra persona ni una relación de pareja. Es uno quien debe cultivar la capacidad de ser feliz, en forma autónoma y libre. Para ello, el único camino está en desarrollarnos como seres humanos. Si por ir detrás del amor se olvidan de crecer y sacrifican su propia capacidad, nunca conocerán la auténtica dicha» [5].

Y también señala:

«El amor auténtico sólo puede establecerse entre personas que tienen madurez y autonomía individual. El verdadero amor no tiene nada que ver con la dependencia; por el contrario, sólo existe cuando ambos son individuos independientes». [6]

Desde esta perspectiva, el amor no debería nacer de la sensación de incompletud, sino de la fortaleza interior. Solo cuando cada persona construye una identidad sólida puede establecer un vínculo sano, libre y verdaderamente enriquecedor.


Sócrates y Diotima: el amor como camino de elevación

El núcleo filosófico de El banquete llega con Sócrates, el último de los oradores, quien no ofrece un discurso propio, sino que transmite las enseñanzas de una sacerdotisa y sabia llamada Diotima de Mantinea. Ella redefine radicalmente la naturaleza de Eros: el amor no es un dios perfecto, sino un ser intermedio (lo que los griegos llamaban daimón), siempre en búsqueda de lo bueno y lo bello.

Según Diotima, amar es desear, moverse, tender hacia algo mejor. Esta tensión se expresa en su célebre definición: «El amor es, en resumen, el deseo de poseer siempre el bien» [7]. Y ese deseo impulsa un proceso de crecimiento que Diotima describe como una ascensión gradual, conocida en la Historia de la Filosofía como la «escalera del amor». El alma comienza amando la belleza de un cuerpo, luego aprende a reconocer la belleza en todos los cuerpos; después asciende a la belleza de las almas, a las normas justas, a las leyes y al conocimiento, hasta llegar finalmente a la contemplación de la Belleza en sí, eterna e inmutable.

Este itinerario denota afinidad con el pensamiento del maestro Ikeda, quien sostiene que el amor verdadero debe expandir la vida y hacer surgir el potencial innato de cada persona. Para ambos, amar no es quedarse en la fascinación inmediata, sino avanzar hacia valores más amplios, universales y duraderos.


Amar sin perder el rumbo

El banquete nos deja una enseñanza vigente: el amor puede ser una fuerza que ennoblece la vida o una ilusión que nos desvía, según cómo lo vivamos. No se trata de negar el amor, sino de preguntarnos desde dónde y hacia dónde amamos.

El maestro Ikeda lo resume con palabras que funcionan como una guía práctica:

«Si en nombre del vínculo uno olvida lo que debería estar haciendo en este momento, sus propósitos y sueños, esa relación no es buena para ninguno de los dos. En un amor sano, ambas partes se alientan mutuamente a concretar sus objetivos individuales, y cada uno nutre los sueños y las esperanzas del otro. La pareja debe ser una fuente de inspiración, vitalidad y esperanza para vivir de manera plena y completa.» [8]



CITAS

[1] PLATÓN: «El banquete», Diálogos III, Madrid: Gredos, 1986, pág. 204.

[2] Ib., pág. 200.

[3] IKEDA, Daisaku: La sabiduría para ser feliz y crear la paz, Buenos Aires: Azul índigo, 2019, vol. 2, pág. 322.

[4] Op. cit. 1, pág. 228.

[5] IKEDA, Daisaku: Conversaciones sobre la juventud: Para los protagonistas del siglo XXI, «¿Qué es el amor?», publicado el 27 de noviembre de 1996, en el Koko Shimpo, periódico del Departamento de Estudiantes de la Soka Gakkai.

[6] In.

[7] Op. cit. 1, pág. 254.

[8]  Op. cit. 3, pág. 321.

© Humanismo Soka - 2024

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