Humanismo Soka
Durante cierto tiempo, Shakyamuni disfrutó la alegría de su iluminación con respecto a la Ley, pero pronto comenzó a sentirse más y más preocupado. Enfrentó un nuevo y doloroso dilema: ¿debía predicar esa Ley a los demás o debía permanecer en silencio? Sentado a la sombra del árbol pipal, estuvo muchos días atormentado por esa duda.
Nunca antes se había escuchado, ni mucho menos expuesto, esa magnífica e insuperable Ley. Había una enorme brecha entre el mundo real y el deslumbrante universo que existía dentro de su propio ser. Las personas vivían atormentadas por el miedo a la enfermedad, la vejez y la muerte; y, consumidas por los deseos, luchaban constantemente entre sí.
Todo eso era producto de la ignorancia sobre la Ley de la vida. Sin embargo, aunque la enseñara en bien de todos, era posible que nadie la comprendiera.
Shakyamuni se sintió completamente solo. Era «la soledad del verdaderamente iluminado», conocida por quienes han llegado a percibir un profundo principio o verdad de los que nadie más está consciente. Pensó: «Si nadie es capaz de comprender esta Ley, cualquier intento por enseñarla no sólo será inútil, también podría inducir a la gente a maldecirme y calumniarme. La falta de entendimiento podría incluso llevarlos a perseguirme.
Renuncié al mundo secular para encontrar una solución a mi dolor personal por la condición humana: el sufrimiento que proviene de la vejez, la enfermedad y la muerte. Nadie sabe que he logrado la iluminación; si permanezco en silencio, nadie me criticará. Sí, eso es lo que haré. No lo diré. Mantendré el secreto en mi corazón y viviré mi propia vida, inmerso en la alegría de conocer la Ley...».
Según un relato, en ese momento, los demonios reaparecieron para atormentarlo. Una vez más, este episodio puede interpretarse como una batalla librada contra las funciones negativas dentro de su propio ser, que esta vez intentaban disuadirlo de enseñar la Ley a otras personas.
Shakyamuni no pudo detener el surgimiento de la duda y la vacilación. La incertidumbre frente a la idea de seguir adelante y difundir la Ley lo angustiaba.
Las funciones provenientes de la oscuridad fundamental de la vida continuaron importunándolo aun después de haberse convertido en un buda. Competían entre sí para atacarlo incluso a través de la brecha más pequeña de su corazón.
Un buda no es un ser sobrehumano; quien ha alcanzado este estado continúa experimentando problemas, sufrimiento y dolor; todavía está expuesto a las enfermedades y a la tentación por parte de las funciones negativas. Por esta razón, es una persona de coraje, tenacidad y acción continua, que lucha incesantemente contra las funciones negativas.
No importa cuán elevado sea el estado que podamos alcanzar, sin esfuerzos sostenidos para avanzar y mejorar, nuestra fe puede destruirse en un instante.
Según un texto budista, el dios Brahma [en la mitología india, la personificación del principio universal fundamental; en el Budismo, considerado el gobernante del problemático mundo impuro y una de las deidades protectoras del Budismo] apareció ante el aún indeciso Shakyamuni y le suplicó que predicara la Ley a todas las personas. Este episodio simboliza la determinación que surgió de su vida: avanzar y cumplir con su misión.
Decidió de modo concluyente: «¡Seguiré adelante! Los que buscan aprender seguramente escucharán. Quienes tienen poca impureza entenderán. ¡Caminaré entre la gente, que está inmersa en la ilusión y la ignorancia!».
Sintió que lo invadía una nueva energía. Un gran león se ponía de pie para luchar por la felicidad de los seres humanos.
El sabio de los shakyas abandonó el bosque. El cielo, las nubes, los árboles y el río se bañaban en una deslumbrante luz dorada. La brisa susurraba gentil entre las ramas. La naturaleza parecía aplaudir su jornada con una bella y jubilosa melodía.
Luego, Shakyamuni volvió su atención a la pregunta: ¿a quién enseñarle la Ley?
Decidió ir directamente al Parque de los Ciervos, no lejos de Varanasi, que durante mucho tiempo había sido el lugar de reunión sagrado de filósofos y ascetas religiosos. Se había enterado de que los cinco ascetas con los que había practicado austeridades se habían trasladado a ese Parque.
«Primero les enseñaré la Ley a ellos», se dijo. Quería que sus amigos fueran los primeros en escuchar acerca de la Ley de la vida. Fue una actitud absolutamente natural, que había surgido de su sinceridad y del sentimiento hacia sus amigos.
Desde donde estaba hasta ese lugar había casi doscientos cincuenta kilómetros. Pero Shakyamuni siguió caminando; su corazón palpitaba alborozado. En el Parque de los Ciervos, sus cinco compañeros estaban practicando austeridades con diligencia, cuando uno de ellos vio a la distancia una figura que se aproximaba. Le dijo a los demás: «¡Eh! ¿No es Gautama? [nombre de la familia de Shakyamuni] Me pregunto qué lo traerá por aquí...».

Otro agregó, despectivamente: «Pensé que, antes que ninguno, Gautama lograría la iluminación soportando severas austeridades. ¡Entonces, de repente, abandonó la práctica! Al final, optó por una vida cómoda. Es un desertor. Cualquiera sea la razón de su regreso, no es asunto nuestro. No es necesario que nos molestemos en levantarnos para recibirlo o mostrarle alguna cortesía».
Los cinco ascetas observaron con frialdad la silueta de Shakyamuni que se aproximaba, permanecieron sentados en silencio, observando con empaque gélido. Shakyamuni caminaba con gran dignidad. Se acercó, y les dirigió la palabra sonriendo. A pesar de sí mismos, todos se pusieron de pie. La voz poseía una fuerza tan atrayente, que no pudieron ignorarlo.
Les dijo que había logrado el supremo despertar y que había viajado desde el Parque de los Ciervos para compartir con sus antiguos compañeros de prácticas ascéticas la gran verdad de esa iluminación.
Rehusaron creerle. ¿Cómo podía alguien como Gautama, que había abandonado las austeridades, lograr la iluminación?
Shakyamuni se dirigió a esos rostros de ojos incrédulos con la seguridad y el aplomo de la enorme convicción que había obtenido. Pero al darse cuenta de que esa conversación no llevaría a ningún entendimiento, les dijo: «Que ustedes crean o no en mis palabras es algo que no me va a afectar. Pero les pregunto, ¿alguna vez me han visto tan radiante y lleno de vida? Este brillo proviene de la alegría de haber logrado el supremo despertar».
Ciertamente, el Shakyamuni que estaba de pie frente a ellos distaba de ser la persona que recordaban. Su mirada llameante expresaba una honda convicción y su porte irradiaba dignidad, confianza y orgullo.
Nada habla con más elocuencia que la imagen que se ofrece como ser humano; su resplandor puede penetrar las nubes de la duda y la ilusión que oscurecen el corazón de las personas.

Ante la luminiscencia de la vida de Shakyamuni, los cinco ascetas decidieron abandonar las prácticas austeras y buscar las enseñanzas del Buda. Éste se quedó en el Parque de los Ciervos e inició una actividad comunitaria para enseñarles la Ley a sus amigos.
Pero la magnitud de la Ley le planteó el difícil dilema de cómo enseñarla para que pudieran comprenderla. Finalmente, ideó un conjunto lógico de principios y los incorporó en un programa simple y práctico. Luego, con gran paciencia, comenzó a enseñar en términos claros y concretos, acordes con la capacidad de sus oyentes. Sus enseñanzas de ese entonces estuvieron en su mayor parte «de acuerdo con la mente de las demás personas»[1], o sea, adaptadas al nivel de comprensión de su audiencia.
Shakyamuni continuó exponiendo la Ley, día tras día. Enseñó que debían rechazarse los dos extremos de hedonismo y ascetismo; en cambio, se debía vivir de acuerdo con el Camino Esencial. Elucidó la práctica para alcanzar este camino y también su filosofía subyacente.
Pronto, uno de los cinco ascetas, Kaundanna, obtuvo el discernimiento para comprender la enseñanza. Al hacerlo, probó que la Ley a la que Shakyamuni había sido iluminado también estaba al alcance de las personas comunes. Esto marcó el nacimiento del Budismo como una práctica misericordiosa que iba más allá de buscar sólo el beneficio personal y la iluminación.
En el mundo de la fe, el despertar de una persona jamás termina ahí; sus reverberaciones fluyen hacia innumerables seres, como pequeñas olas que se expanden en un estanque.
Continuará…
(Extraído de La nueva revolución humana volumen 3, capítulo «El buda»).
[1] «De acuerdo con la mente de las demás personas» (zuitai): El Buda predica la Ley según la capacidad y las preferencias de las personas, y, así, las conduce gradualmente a la Ley verdadera. Enseñar y revelar el corazón de la iluminación del Buda, directamente, sin adecuar los conocimientos a la capacidad de la gente, se llama exponer la Ley «según la propia mente del Buda» (zuijii).









